Ellas son así. Locas, mágicas, prepotentes, dueñas de la verdad, mentirosas, influyentes, persistentes, creativas, insistentes, anónimas, pero por sobre todo son confiables, amigas y fieles.

Son así las fuentes. El caso Watergate las inmortalizó como Garganta profunda, pero en realidad son esos amigos que andan por la vida dispuestos a aguzar todos los sentidos para después -tan sólo minutos después- contárselo a algún periodista amigo. Suelen ser muy exigentes. A veces cuentan lo que saben nada más que para darle una lección a algún enemigo; otras hablan porque tienen la vista fija en que las cosas se deben hacer bien y hay un sistema dispuesto a hacerlas de otra manera y también hay quienes se prestan a este mágico juego porque sí, porque les gusta contar lo que pasa y todos -o muchos- quieren ocultar.

El 31 de mayo de 2005, tras 33 años de anonimato u off, Garganta Profunda se pasó al on the record o estado público. La confirmación de la identidad del hombre detrás del alias, Mark Felt, ex número dos del FBI en la época del caso "Watergate", disolvió para siempre el que para algunos fue el secreto mejor guardado del periodismo. El interlocutor confidencial de Carl Bernstein y Bob Woodward, cronistas de The Washington Post, se "rebeló" y se reveló, y en esa decisión pereció un mito sagrado del oficio.

El misterio y la magia, sin embargo, se actualizan cada vez que otra garganta profunda o un topo musita un dato infalible al oído del periodista que escucha con avidez, deleite y estupefacción. Cada palabra pronunciada por la fuente redondea un poco más la nota mental. Y tras el contacto -quizá furtivo- con el informante, esa noticia ya tiene título, sumario y copete: sólo falta escribirla, buscarle una foto (si es posible, también un video) y publicarla. En el ínterin habrá quedado mucho por decir. Por eso el periodista vale por lo que cuenta, pero más vale por lo que reserva y protege para agregar más adelante o no divulgar jamás. Y por eso no hay buen periodista sin buenas fuentes o buen periodista es aquel que, a lo largo de su carrera, ha cultivado con sus fuentes una relación de confianza tan maciza como un gomero.

Estas "alfaguaras" han propiciado el parto de incontables piezas publicadas en LA GACETA durante sus 100 años de existencia. Si el lector es el destinatario final de la noticia, la fuente, como el vocablo indica, es el manantial de donde brota la información que esta contiene. En las bambalinas de una nota confluyen, en principio, datos obtenidos por múltiples canales, entre ellos, personas y personajes anónimos, incluso para el propio periodista. Eso mismo le sucedió a Juan Manuel Asís, secretario de Redacción del diario, hace un par de años, cuando recibió el llamado de un hombre que decía trabajar en la Legislatura y que, por miedo (o vaya saber qué razón) prefería no dar nombre ni apellido. Pero, a partir de sus pistas y pruebas, empezó una investigación periodística que dejó en evidencia a algunos inquilinos circunstanciales del recinto.

Un correo anónimo

Un efecto similar generó el correo electrónico que el año pasado, en pleno apogeo del caso "Schoklender", llegó al buzón de Federico van Mameren, secretario de Redacción. El mensaje, que había sido enviado desde una casilla genérica y no estaba firmado, describía el modus operandi de una organización allegada al Gobierno que cobraba por hacer trámites gratuitos en dependencias del Estado. Aquel relato, debidamente chequeado, apareció en el enfoque del domingo 19 de junio de 2011, que van Mameren tituló "Cuando la política muestra las hilachas".

El periodista aprehende la realidad a través de los ojos y los oídos de sus fuentes, que muchas veces tienen intereses particulares (por ello resulta primordial contrastar las versiones) o que, indignadas, se arriesgan a filtrar información comprometedora con la esperanza de que su publicidad desencadene un cambio. Esto último acaece con frecuencia: los ciudadanos acostumbran acudir al diario para denunciar situaciones que las autoridades se resisten a abordar. La delicadeza de estos asuntos exige que entre periodista y fuente haya un vínculo fundado en la lealtad y la frontalidad, según Dardo Nofal, ex secretario de Redacción de LA GACETA. Esa relación requiere un grado mayor de habilidad si la fuente se ampara en el margen de reserva que garantiza el artículo 43 de la Constitución Nacional. Cuando la transparencia pública escasea -y abunda la represalia a rajatabla-, devienen esenciales los siempre necesarios informantes en off.

Gelsi, la excepción

Todo lo contrario dicen que pasaba en el Gobierno del radical Celestino Gelsi (1958-1962), promotor de la política de despachos oficiales abiertos que dio respiro a las gargantas profundas de Tucumán. Célebres fueron en su momento -y así quedaron registradas en la historia- las visitas diarias que este mandatario hacía a la sala de prensa de la Casa de Gobierno para dialogar a solas con los cronistas, que, además, podían revisar libremente los expedientes y documentos del Poder Ejecutivo. "No había nada qué esconder", reflexiona Ventura Murga, otro ex jefe de este matutino, cuyos lúcidos 84 años lo califican como fuente privilegiada para reconstruir aquella gestión excepcional.

Si los topos dispuestos a desembuchar todo tipo de fechorías (ajenas) proliferan antes de los comicios, también es cierto que una barrera permanente de mutismo protege a las redes de corrupción. Este hermetismo o desierto de información plantea un desafío mayúsculo y obliga al periodista a afilar el ingenio para encontrar fuentes donde parece que no las hay. Eso hizo, por ejemplo, Ricardo Rocha, prestigioso redactor de esta casa, para literalmente "meterse" en una comisión legislativa que con sigilo investigaba una supuesta defraudación. Rocha había advertido que, después de pasar a máquina las intervenciones verbales de los legisladores, los taquígrafos descartaban el carbónico usado para obtener el duplicado. Aprovechando un receso, el periodista rescató los papeles negros del cesto y regresó a la redacción. Allí, a trasluz, logró reconstruir el intercambio de los miembros de la comisión. Y en la edición del día siguiente, ¡LA GACETA ofreció las novedades de la investigación como si una garganta profunda suya hubiese participado de la reunión!