Era un yonqui (un heroinómano). Uno de los tantos que andaban con las jeringas colgando por los barrios Malasaña y Chueca, en Madrid. Andrés lo mató (como a una rata, detalló en el texto). Casi no hubo pelea. Lo mató y listo. Obviamente, no está orgulloso de haberle quitado la vida. Pero todavía cree que hizo lo correcto.
Lo del primer párrafo es un resumen de la historia que Calamaro contó en Twitter (@Barksdale666) y que podría llevarlo (otra vez) a la Justicia. Un abogado dice que patrocina a un cliente que se sintió afectado por el cuentito y que considera necesario que el músico le explique a un juez si es verdad que cometió un crimen en alguna calle madrileña.
El Salmón fue claro con respecto a sus tweets: son una simple herramienta para provocar pensamientos. Además, dijo que no mató a nadie. Pero da la impresión de que a la avivada del abogado -habló en el programa radial de Mauro Viale- la fortalecen la ilusión, la inocencia o la picardía de (hacer) creer que todo lo que se publica en Twitter es cierto. Si fuese así, a Juan Alberto Badía y a otros famosos les hubiese ocurrido algo inverosímil: morir muchas veces antes de que el corazón se les parara definitivamente; y las opiniones intransigentes de los ciberactivistas políticos no serían necesarias (ni tan agresivas).
En medio del debate por aquel crimen twittero y ficticio en Malasaña, me acuerdo de la mejor definición que encontré sobre la red social; estaba en la bio de ya no recuerdo quien y en aquella presentación personal obviaba profesiones, pasatiempos, tendencias políticas, estudios y cargos. Simplemente decía: "El que no entiende que Twitter es un juego perdió".