Empezó hace unos cuatro años, más o menos. Espontáneamente, como empiezan las mejores cosas. Y duró poco, como duran las mejores cosas. Es que congregar un zoológico indomable de 60 eternos adolescentes en el pequeño bar del Círculo de la Prensa no podía ser una actividad que se tolerara durante mucho tiempo en una ciudad en la que los ruidos molestos se denuncian antes que los delitos.

Así nació "El karaoke del amor", un espacio de amigos y no tanto que compartían el placer de cantar y bailar ridículamente canciones pasadas de moda. Sin culpas. Cuanto más desafinado, tanto más liberador: "Me llamas" (y te has pintado la sonrisa de carmín... de José Luis Perales), "Un beso y una flor" (Nino Bravo), "Esta noche quiero brandy" (Dyango), Marta Sánchez, Madonna rudimentariamente traducida al español y el hit que podía sonar hasta tres veces en una noche, "Siempre, siempre" (de Al Bano y Romina), salían del CPU tipo torre de Maxi Farber hasta bastante pasada la hora maldita. Las copas subían y bajaban a toda velocidad por la escalera caracol. Los saltos, el agite y los gritos eran insostenibles para una bartender que tenía el doble trabajo de contener a la jauría desenfrenada y a ella misma. "¿Sabés? Los veo y parece que están a punto de explotar, que en cualquier momento van a salir volando por el aire. No sé qué más quieren", me dijo una vez un amigo abstraído de la marea. Todos sabíamos que tanta diversión tenía fecha de vencimiento. Y se pudrió todo en tres meses.

"El karaoke del amor" siguió su rumbo itinerante. Ya no podía ser en El Círculo, pero pudo ser en otros bares de diferentes calañas. En algunos caía muy bien, como en el último (Sonora), pero en otros no se toleraba que en la lista de temas no predominaran Arjona & Co. Para eso estaban los 200 karaokes en otros 200 bares, en los que la gracia sigue siendo cantar lo mejor posible.

Pasó el tiempo y el CPU tipo torre es ahora una pequeña y elegante notebook. Detrás de ella sigue estando el multifacético Farber, que en junio pasado le volvió a dar arranque, esta vez en Rayuela (Chacabuco al 500), todos los jueves. El nombre sigue siendo aquel surgido al tercer fin de semana consecutivo en El Círculo, cuando quedó comprobado que lo que unía a la jauría iniciática era una patología común: el sí tremendamente flojo.