En apenas 36 horas, el gobernador José Alperovich fue trend topic (el tema que más se comenta en Twitter), por su "no lo vi a Lanata, estaba durmiendo" primero, y por su particular análisis sobre la relación entre el aumento en los talles de los delantales y la baja de la desnutrición en la provincia, después.
En ambos casos, el mandatario dejó al descubierto que si hay un tema que lo desvele es el de la desnutrición infantil, porque remite a las peores épocas (2001) del Tucumán contemporáneo. Habría resultado más veraz que el mandatario divulgara una evidencia científica de que, efectivamente, los chicos tucumanos están más altos que entonces. La repetición de ese dato, que la propia directora del Programa Integrado de Salud, Sandra Tirado, le brindó a LA GACETA (17 de junio pasado) habría resultado mucho más representativa que la evaluación impresionista generada por un guardapolvos más holgado. Entonces, Tirado dijo que en 2006 el 18% de los niños tenía baja talla; y que en 2011 ese porcentaje bajó al 11%. En sus dos últimas rondas con los medios, Alperovich muestra que está actuando más por reacción que por acción. Y que ha elegido la peor de las estrategias para lidiar con la opinión pública (la llamada "clase media"): negar ciertas realidades, en lugar de asumirlas, contextualizándolas en más largo plazo y planteando propuestas superadoras de esa lacerante foto del 2001 (literal y simbólicamente hablando) que le quita el sueño. Cierto que el Alperovich de entonces no estaba exento de responsabilidades políticas, ya que era el ministro de Economía de Julio Miranda; y que el detonante social del hambre había comenzado a gestarse ya en los años 90 (y mucho antes en el caso del Norte, según indican numerosos estudios sobre la pobreza en el NOA); por otra parte, a Tucumán le pasó lo que al resto del país: en este momento de desaceleración económica, los contrastes entre los que crecieron y los que sobrevivieron se vuelven más nítidos.
De vuelta al debate sobre la desnutrición, de lo que también hay evidencias es de que la baja talla no es la única variable de inseguridad alimentaria: la propia doctora Tirado admitió a este diario que el incremento evidente de la obesidad infantil es otra señal de riesgo nutricional. La misma funcionaria ha afirmado que las secuelas que deja el hambre, en especial en los dos primeros años de vida, "son irreversibles"; y que los ecos de esa realidad se están viendo en las escuelas. La contundencia de las matemáticas indica que esos niños del 2001 son los preadolescentes del 2012. Y que la cuestión, entonces, consiste en profundizar las políticas sociales para contener a ese segmento de la población tucumana que, reconocido por las propias autoridades, ofrece una vulnerabilidad dramática. Está claro que en los últimos años la Escuela se ha convertido en la caja de contención para esos sectores; y a veces no por la convicción de los padres, sino por exigencias administrativas para el cobro de la asignación universal por hijo. En todos estos años, tras la consigna de una escuela inclusiva, se han desarrollado numerosos planes para la contención de aquellos niños que hoy asisten a la escuela; aunque los resultados de todo ese esfuerzo de años no siempre han sido debidamente comunicados a la opinión pública. Surge entonces la pregunta acerca de si basta con el sistema de educación formal para contener a ese sector. Un sector que corre el riesgo de quedar estigmatizado si no se profundizan políticas de alto impacto social, económico y político que permitan desmontar el discurso de que "los desnutridos del 2001" son "inviables".
Desde el área social se están desarrollando talleres de oficios dirigidos, precisamente,a esos jóvenes cuyos padres, hay que reconocerlo, supieron ser NN del sistema. El desafío para el gobierno de Alperovich, entonces, es generar las condiciones para que ese esfuerzo volcado desde los campos de la Educación y Desarrollo social no sean en vano: traducido, que las expectativas que se generan en esos chicos que aprenden un oficio no se vean traicionadas a la hora de buscar ser incluidos en el mundo del trabajo.