Qué difícil se nos hace disimularla. En cualquier estado y aún conservándola en su cadena de frío, la envidia está descompuesta y descompone a quién la consume haciendo imposible una digestión discreta de ella.

Y si es complicado disimularla, es muy fácil identificarla. Una estela pestilente va detrás de quienes la van llevando. Los verdaderos síntomas son tantos que se hace difícil enumerarlos, pero un comentario, un gesto, un ceño, un grito o un pase de indiferencia vienen al caso.

Estar seguro de lo que yo hago y no mirar hacia afuera... Estar seguro de lo que yo hago y no mirar hacia afuera... Estar seguro de lo que yo hago y no mirar hacia afuera...

El versito que aprendimos es claro y efectivo, pero no es tan fácil ponerlo en práctica ni aún escribiéndolo 100 veces.

Cuando estoy a punto de empezar a destilar el peor de los olores trato de usar un remedio casero: irme al otro extremo, mostrar la mejor cara y hasta incluso felicitar cuantas veces sea necesario. Después, en casa o en terapia veremos por qué sentí lo que sentí. Puede resultar falso, pero infestar toda una sala con el más fétido de los aromas no es algo que me permita hacer.

Ya en casa (o en terapia) nos damos cuenta de que fue un si sentido. ¿Por qué lo que pasa con otra persona debe menospreciar lo nuestro? ¿Quién dijo que en la vida cotidiana el gol de un compañero nos deja 0-1 abajo a nosotros? Tampoco es necesario ir a festejarlo en una montaña de alegría, cerca del alambrado, pero mientras no modifique nuestra propia táctica, basta y sobra.

Muchas veces arrancamos perdiendo desde el vestuario porque la principal sensación de inseguridad es sobre nosotros. Y aunque en los últimos párrafos me haya volcado hacia el fútbol, la metáfora de la podredumbre es sencillamente perfecta para la envidia. Si van a sentirla, traten de llevar barbijos para todos.