El ska es uno de los géneros más aptos para la fusión. Se coló en todos las melodías del mundo a fuerza de ese ritmo pegadizo, dulzón y definitivamente bailable. Contar con la oportunidad de ver y escuchar a quienes aparentemente lo inventaron es un lujo que para la mayoría de los tucumanos era impensado.
Habrá que esperar hasta el 19 de agosto, en el club Floresta, para que ese sueño no soñado se haga realidad. The Skatalites son, según buena parte de la literatura sobre la música de Jamaica, los inventores del género que derivó en rocksteady, dub, dancehall y reggae.
Vientos, percusión, cuerdas y teclas, con la indeleble fuerza de la historia y la tradición africana, hicieron en los 50 un poquito más alegre y llevadera la vida en las villas y pueblos fantasma de la isla caribeña.
El ska mantiene esa característica tan fuerte en la música negra de ofrecer una sonrisa cuando el azote castiga fuerte. Y en eso, el mensaje de The Skatalites es claro y sin rodeos. Después de todo, está en la génesis del movimiento rastafari, ese que busca la emancipación y la liberación de los negros esclavizados en cualquier rincón del mundo (más allá de los posibles dislates de la religiosidad fanática).
Con The Skatalites crecieron todos. No hay músico del ska, el reggae -o sus satélites- que no hayan abrevado en sus aguas dicharacheras (otra vez mostrando la sota con las palabras...). The Wailers, con y sin el rey Bob, tocaron con ellos o hicieron temas de ellos.
La banda surgió en los 50, como el ska, y grabó sus primeros discos en los 60. Atravesó todas las etapas del género y sus cambios y modificaciones, recorrió el mundo, difundió sonidos y cultura.
Por estas tierras pasó The Wailers (o sus restos, dicho esto con buena onda), y ahora les toca a los otros veteranos de la danza cadenciosa en la dulce celebración de la música.