Río Chico / Dándole pelea a la pobreza: Marta Elba Moreno, tiene 52 años, pero parece cargar varios más. La pobreza, su compañera de siempre, dejó huellas contundentes en su rostro pálido. El recuerdo de su hijo, Gerardo Mendoza, la martilla sin tregua. Apenas tenía un año cuando, hace una década, las complicaciones producto de un avanzado estado de desnutrición, acabaron con su vida. "No dejo de ir a prenderle vela en el cementerio. Es un angelito al que siempre le pido que nos ayude a estar mejor", confesó la mujer. El hecho conmocionó en ese entonces a todos los vecinos de Río Chico. Hoy, la casa de Marta y de su esposo, Roberto Mendoza (60), a 3 km. de Aguilares, luce más digna que el rancho precario de 2002, gracias a las ayudas que llegaron de la comuna y de Alemania. Marta percibe una pensión por ser madre de siete hijos, pero confiesa que la falta de trabajo seguro que padece su esposo condena a la familia a permanentes limitaciones.
La Cocha / Todavía lejos de la salvación: la vida de Zulema Dulce (36 años) se empantanó en la indigencia. Sus limitaciones económicas son más extremas que hace 10 años. Vive en un lugar de nombre paradójico: La Salvación, en La Cocha. Zulema es soltera y tiene cuatro hijos: el menor, de un año. La mujer que en 2002 vio morir a su hijita Johanna, de un año, por complicaciones de una desnutrición crónica, hoy sobrevive trabajando en el limón. No tiene DNI porque, dijo, carece de dinero para hacer las diligencias. En consecuencia, no puede acceder a ningún beneficio social. Está instalada en un inmueble de su madre. Ahí levantó una casilla con postes, maderas y plásticos. "Nunca nadie nos ayudó. A la comuna le pedimos un módulo, pero nada. Planes que le dan a los que votan por ellos, tampoco", reniega. Zulema tiene un pequeño de tres años, Román, con problemas respiratorios y oculares. La mayor, Lorena (15 años), también revela estragos de la desnutrición.Susana Frías (34 años) está segura que fueron sus ruegos al cielo los que cambiaron su vida. Hoy se la ve más optimista. Hace una década, cuando perdió a su hija Ernestina (de tres meses) por desnutrición de tercer grado, la pobreza extrema la asfixiaba. Ella, junto a su cónyuge, Víctor Ferreira (28 años), vivía en la antigua casa de su suegra, en la Colonia Seis de Santa Ana. El matrimonio estaba instalado en una pequeña habitación. El frío y el calor los hostigaban y Víctor carecía de trabajo. Pero el esfuerzo dio frutos. Hoy, la familia tiene su techo propio y Víctor trabaja en la fábrica de Alpargatas. La vida para ellos, y sus dos hijos de ocho y cuatro años, es mucho más confortable. Pese a todo, el fantasma de la desnutrición los acecha. Celina, la hija mayor, acusa desde hace tiempo bajo peso. Por esta razón en el dispensario del lugar le dan leche y un vale de alimentos por $50. "Ella siempre fue delgada", dice Susana.Beatriz Burgos (29 años) y su esposo, Héctor Ariel Orresta (30), viven peor que hace 10 años, cuando perdieron a su hijo Santiago a causa de un cuadro de desnutrición severo. En ese entonces tenían otros dos hijos. Ahora son siete en total. Todos habitan una reducida habitación hecha de madera, plástico y cartón, que está a pocos metros de la casa en que viven los Mendoza (Ver "Dándole pelea..."), en Río Chico. "Hace un año los de la comuna me dijeron que me iban a construir un módulo habitacional, pero hasta ahora sigo esperando. No tuve suerte. Vamos a tener que seguir viviendo amontonados", se resigna Beatriz. "De entre la madera y el cartón de las paredes se cuela el frío en estos días. En el verano se sufre el calor. Los más castigados son los niños", describe. Según la mujer, la familia prácticamente sobrevive gracias a la pensión que percibe por los siete hijos. "Es poco, pero nos sirve por lo menos para alimentarnos. Héctor hace changas en el limón y la caña. A veces pasan semanas sin poder trabajar por el mal tiempo. En enero se va a la cosecha de la uva en La Rioja. Así se gana algunos pesos", puntualiza. Beatriz también confesó a LA GACETA que Gastón, su hijo de cinco años, acusa un problema crónico de bajo peso. En el dispensario del lugar le dan leche. "Aquí también hay un comedor comunitario que ahora funciona dos veces a la semana. El de la escuela es el que más nos ayuda", reconoció. "Siempre tengo presente a Santiaguito y lo visito en el cementerio de la villa. Me duele todavía que no lo hayan podido salvar", relata, acongojada. "Ahora solo ruego tener una casa adecuada, para que mis hijos vivan como corresponde. Sin estar expuestos a enfermedades", implora.
Río Seco / Mucha promesa, pocas acciones: "lo que nos hicieron fue a medias. Nada se terminó. Nos construyeron el módulo habitacional y el baño a duras penas, y faltaron cosas por hacer. Cuando llueve, se llena de agua adentro", se queja Delina del Valle Anglada (53 años), del barrio La Granja, en Río Seco. La mujer, casada con Horacio Gonzalez (54), reconoció que la obra se inició meses después de que, en enero de 2002, falleciera su hija Johana Patricia, a causa de un cuadro de desnutrición grave. "En ese entonces aquí se llenó de periodistas que vinieron a entrevistarnos y de políticos que llegaron a prometernos cosas. Pero luego todo pasó al olvido. Solo nos quedó el dolor de la pérdida de Johanita", relata. La vivienda de de los González fue levantada al pie de una torre de alta tensión. "Uno ya se acostumbró a vivir aquí, debajo de esta estructura. A veces se tiene miedo cuando en el verano hay tormentas", confesó Delina, que recibe una pensión por ser madre de siete hijos.
Simoca / una pieza y una pensión: la casa de Lidia Rosa Herrera (36 años) no es más que una pieza de ladrillos. Y se levanta en medio de la espesa vegetación que envuelve a Campo Volante, un pueblito al sudoeste de Simoca. Ella está conforme con su vivienda porque hace 10 años, cuando murió su bebé de tres meses José Manuel, apenas tenía un ranchito de madera y chapas. En él vivía con sus cuatro hijos, ahora adolescentes. Lidia, soltera, confiesa que en la actualidad sobrevive con una pensión de $ 1.000. "Uno se da vuelta con poco. Solo una vez me ayudaron con plata, luego de que falleció mi hijo por desnutrición. Con eso hice la pieza de ladrillo. En la comuna me dijeron que me iban a construir otro ambiente, pero no pasó nada". La pieza es chica para los cinco y no tienen baño sino letrina. "Mis hijos van a la escuela y por suerte ahora andan sanos", se alegra. "La muerte de mi niño es muy triste. Corrí al hospital porque veía que Josesito se me lo iba. No hubo caso".
Simoca / Los bloques todavía esperan: unos bloques de cemento amontonados revelan la aspiración de Adelma Rosa Pérez (46 años): construir un baño. Pero no tiene dinero. Su vivienda pobre asoma entre tuscales, molles y algarrobos en el paraje Los Palominos, a 20 km. al sudeste de Simoca. No es fácil llegar: sólo se accede con un baqueano. A Adelma se la reconoce porque hace 10 años soportó la muerte de su pequeño Carlos Rubén, de 11 meses, por un grave estado de desnutrición. "Es una desgracia que voy a cargar de por vida", se muerde. Hoy convive con sus cinco hijos y cobra la Asignación Universal. Es soltera y también recibe algunas ayudas de uno de sus hermanos. "La comuna nos viene dando bolsones y me anotó para que nos hagan un módulo. Espero que ahora me lo construyan porque ya varios veces me lo prometieron y no se hizo nada", relata. A la falta de trabajo, le suma la preocupación por los problemas oculares de dos de sus hijos. "Ahora no puedo hacerlos curar":