Los tucumanos somos una especie de porteños del norte. Nos creemos más importantes que nuestros vecinos, somos pedantes con nuestra gran ciudad caótica y apabullante. La mejor noche del país, el mejor rugby, el clásico futbolero más multitudinario del interior y por qué no, de Sudamérica. Cuatro universidades.

Una sola legislatura pero con un edificio más importante que el Congreso de Massachusetts. Las mejores empanadas del mundo, las morochas más lindas, el cabezazo más letal del planeta y los tipos más pícaros. Los paisajes más hermosos, los cuatro climas y la tierra más fértil. Somos agrandados, maleducados, sucios, pero también inteligentes, cultos y creativos. Ningún tucumano pasa desapercibido en el exterior y cientos triunfaron en las artes y en las ciencias más complejas.

Fuimos la primera industria del país y tuvimos los ejércitos más valientes y también los más cobardes. Fundamos la independencia, la primera guerrilla argentina y corrimos a los españoles. Sin nosotros la patria no sería. Siempre fuimos aliados de Buenos Aires y cuando nuestras tierras iban desde Córdoba hasta Bolivia traicionamos a las provincias y por eso perdimos casi todas las guerras con nuestros vecinos y así quedamos de chiquitos. Desde la cuna nos enseñaron a odiar a los porteños pero nunca dejamos de mirar y envidiar al puerto y de darle la espalda a la América profunda. Somos más rioplatenses que latinoamericanos, demolemos todo lo que sea indígena o colonial y nos encanta construir edificios y casas europeas. Somos contradictorios, belicosos, gastadores, ventajistas, graciosos, fiesteros y noctámbulos.

Somos conservadores en público y transgresores en privado. Somos chismosos y caretas, geniales e insoportables. Somos tucumanos, una raza única que se forjó a sí misma y a pesar de sí misma.