El problema es que nos vamos quedando atrás. Si hay algo que no se escuchó con fuerza en los últimos fogonazos en contra de la ley de las 4am, ni del bando "ofensivo" (los que vemos en ella un absurdo sin buenos resultados comprobables) ni del "defensivo" (los que la consideran la única solución a los problemas de la nocturnidad) es que la noche también es cultura. Que ciertas manifestaciones del arte solo pueden apreciarse a la luz de la luna.

Se habló de la seguridad, de la falta de medios para volver a casa, del temido mal creado por la misma ley -los after-, de las libertades individuales coartadas. Se apuntó contra los que comercian con la ilegalidad, contra la juventud descarriada que lo único que busca es arruinarse la vida. Se dijo que si los padres no ponen límites, entonces los tendrá que poner el señor Estado.

Pero lo que no se cuestionó es cómo hacemos para volver a disfrutar grandes festivales de rock, encuentro cultural indiscutible, con una decena de bandas que puedan tocar sin la amenaza del reloj. El triste recuerdo nos lleva al papelón del Rock del Valle 2011, en febrero del año pasado, en el que un bandón de la trayectoria de Las Pelotas estuvo a punto de no tocar porque ya había sonado la queda. Dicen que de los altos mandos del Gobierno dieron la orden de que el recital siguiera, aunque la multa -eso sí- era imperdonable.

¿Cómo hacemos para que vengan cuatro o cinco DJs nacionales e internacionales y nos cuenten qué es lo que se baila en las principales pistas del mundo? Eso también es cultura, por si alguien no lo puede ver. La última experiencia fue la de DJ Dero que, a pesar de haberse presentado solo, renegó porque se quedó sin tiempo para dar todo lo que traía en sus bandejas. Por supuesto que en esto también hay hijos y entenados y algunos consagrados festivales de folclore, vaya a saber uno cómo, logran saltarse la barrera del límite horario y de la lucha contra el alcoholismo.

Pero en general, por no entender que la noche también es cultura, terminamos perdiendo todos: los artistas que quedan rengos en el escenario; los productores que no ven ganancias porque el público piensa dos veces antes de pagar una entrada por dos míseras horas de show. Y perdemos nosotros, que nos vamos quedando atrás.