Tucumán, una provincia con un lugar tan destacado en la historia de Argentina y tan comprensiblemente orgullosa de su caña de azúcar y de sus limones, es también un punto focal de las consecuencias de los cambios en nuestro planeta.

Un informe reciente, que señala que las heladas golpean a las producciones tucumanas, me hizo pensar en mi primera visita. Fue el año pasado, cuando un chofer de taxi expresó su asombro al ver la nieve por primera vez en su vida. En ese sentido, los registros sobre las nevadas y las heladas nos recuerdan que nadie escapa a la metamorfosis de la tierra, ya que el agricultor en Asia, en África y en Europa padece del mismo modo el no saber qué nos traerá el tiempo mañana.

De hecho, ésa es la pregunta. ¿Qué tipo de mañana queremos? No sólo en Tucumán, sino en Turín, en Tegucigalpa, en Togo. ¿Un mañana que represente más de lo mismo? ¿Más de la misma inestabilidad que ocasiona heladas desastrosas en Tucumán y calor asfixiante en Toledo?

En pocas semanas los líderes del mundo se reunirán en Río de Janeiro, Brasil, para discutir precisamente ese asunto: el futuro que queremos. El planeta que buscamos. El mañana que pueda darnos esperanza. Y seguramente sabemos qué futuro no queremos.

Dos décadas después

La cumbre en Río marca el vigésimo aniversario de la primera reunión en 1992, en la que el mundo se reunió para admitir que teníamos una crisis medioambiental en nuestras manos: la Cumbre de la Tierra fue el título, y abrigó la esperanza de un planeta que pudiera afrontar el desafío de un ambiente en peligro.

Esa Cumbre marcó el inicio de un proyecto global diseñado por la organización que represento, las Naciones Unidas.

Veinte años más tarde, después de limitados progresos en lo que hace al cambio climático, la agenda es mucho más extensa y mucho más urgente dondequiera que vivamos.

La cuestión, bastante simple, es cómo vamos a compartir nuestro planeta en un período en el que el número de habitantes está creciendo de manera exponencial. Hoy hay 7.000 millones de personas; en 2040 habremos alcanzado casi los 9.000 millones, y para entonces el mundo necesitará 50% más de alimentos, 45% más de energía y 30% más de agua, según la ONU.

Mi Organización invita al mundo a un plenario en Río, cuyo propósito principal es lograr un llamado a la acción. La opinión de nuestros líderes es que ha llegado el momento de cambiar, de manera drástica, el modo en que tomamos decisiones como comunidad mundial "empezando por cómo pensamos nuestra relación con los demás, con las generaciones futuras y con los ecosistemas que las sostienen".

Creemos que el camino debe construirse con inversiones serias y sostenibles para todos, focalizadas en la pobreza, en la desigualdad, en la salud y en la educación. Requerirá que los Gobiernos dejen de buscar panaceas de corto plazo y piensen en soluciones de largo plazo. Demandará que los políticos vean los alimentos, el agua y la energía no como asuntos separados sino como partes de un gran todo. Necesitará que el sector privado invierta junto a los Gobiernos en una economía verde que proteja el planeta y nos dé mayores cosechas en vez de sequías devastadoras, y que, a la vez, genere millones de nuevos empleos.

El siglo de las mujeres

Y no deberá dejar de lado un tema clave para la ONU, que aunque obvio es al mismo tiempo muy difícil de alcanzar: el empoderamiento de las mujeres. Necesitamos hacer de la igualdad de género una realidad y no un eslogan.

Las estadísticas muestran que tenemos que cambiar nuestras actitudes y nuestro estilo de vida. La ONU estima que si las mujeres tuvieran el mismo acceso a los recursos que los hombres, ellas podrían incrementar el rendimiento de sus emprendimientos rurales hasta en el 20% o el 30%, consiguiendo reducir, a lo largo del tiempo, el número de hambrientos en el planeta hasta en el 15%. Mis jefes concluyen: "la próxima fase del crecimiento global bien podría provenir del empoderamiento completo de las mujeres".

Los escépticos dirán que, en un momento de profunda crisis en nuestro mundo, las posibilidades de tal cambio como resultado de la cumbre en Río son escasas. Los Gobiernos, ricos y pobres, no están en posición de hacer tales inversiones en las áreas entrelazadas de desigualdad económica, de degradación ambiental y de gerenciamiento de los recursos de nuestro planeta, por lo tanto su idea sigue en pie.

Pero, al fin de cuentas, ¿a quién pertenece el porvenir? Necesitamos un cambio profundo que contemple el futuro que queremos. ¿O no? Quizás deberíamos hacerle esta pregunta al agricultor en Tucumán. O, mejor dicho, a la agricultora.