Los egipcios estaban eufóricos al comienzo de las elecciones parlamentarias en 2011. Todos querían participar en ellas y elegir el "Parlamento de la Revolución". Ahora, los habitantes del país del Nilo están llamados a votar para decidir quién será el Presidente, pero ya no se puede hablar en absoluto de euforia.
Muchos ven sólo dos alternativas: una versión light del derrocado Hosni Mubarak o un islámico radical que trate a los cristianos y a los liberales como ciudadanos de segunda clase.
Los comicios se celebran después de una campaña electoral sucia, en la que los principales candidatos del sector liberal acusaron a sus rivales islámicos de querer convertir Egipto en una especie de dictadura talibán. Por su parte, los tres islamistas confesos que compiten entre ellos por el cargo insultan a los postulantes seculares de ser "restos del antiguo régimen" que encabezó Mubarak.
El que alguno de los candidatos consiga más del 50% de los votos en la primera ronda parece improbable. Por ello, la cuestión ahora es si dos candidatos islámicos se enfrentarán en la ronda de desempate de junio o si lo hará un candidato secular contra uno islamista.
La elite del país, que el año pasado celebró todavía que los militares forzaran a Mubarak a dimitir, se muestra ahora profundamente frustrada. Sobre todo académicos y empresarios se preguntan si la democracia en base al principio "una persona un voto" es el camino correcto para un Estado en el que una cuarta parte de la población no sabe leer ni escribir.
Gobiernos occidentales y representantes de compañías extranjeras residentes en El Cairo declararon que siguen del lado de Egipto aunque en el Parlamento haya más de un 70% de diputados islámicos. Pero en realidad hay mucha hipocresía en su afirmaciones, pues contemplan con gran preocupación el acontecer económico y político.
Un sondeo de opinión del instituto estadounidense Pew con la pregunta sobre si Turquía o Arabia Saudita debía ser el ejemplo para el papel de la religión en la política y el Gobierno, arrojó que el 61% de los consultados abogó por el modelo saudí; y tan sólo el 17% apoyó un sistema como el turco, gobernado por un partido islámico pero secular.