No caben dudas de que estamos frente a un proceso de desaceleración de la economía, que llevaría a una tasa del 4%, que se está acentuando. Y esto genera un impacto fuerte. De manera generalizada, se puede ver que hay poco aumento de ventas y de producción y, en algunos sectores, percibimos caídas. Por ejemplo, en la actividad automotriz, en gran medida por el efecto Brasil. También en textiles y hasta en los datos que releva el Indec se observa que los centros de compras y los supermercados registran caídas en cantidades. Ese es el panorama de la desaceleración.
Ahora bien, el Gobierno adopta conductas que agravan la situación, como esta última, con el tipo de cambio. La forma en cómo controlan revela una combinación entre torpeza y pánico que, cuando se juntan, conducen a reacciones peligrosas. Lejos de la sintonía fina reiteradamente anunciada por el Gobierno Nacional, el cerrojo cambiario luce como un hachazo de leñador enardecido. Si bien la salida de capitales seguía siendo abundante, no ponía en peligro el stock de reservas y, eventualmente, otorgaba todo el tiempo necesario para alguna reestructuración ordenada del sistema de controles. Con las condiciones de las reservas de la Argentina, no había necesidad de hacer estos controles. La repetición de una minicorrida bancaria, aunque no tenga efectos inmediatos sobre las reservas, revela la existencia de un problema estructural que no desaparecerá espontáneamente. Sin explicación alguna, se cierra totalmente el mercado de cambios. Y esto es inaceptable desde el punto de vista republicano. Pero si se observa desde la óptica de la economía, creemos que sólo genera más desconfianza. Ha habido controles de cambio durante 80 años y en muchos casos desdoblamiento del mercado cambiario. Pero los ciudadanos tenían acceso a la compra de dólares en el mercado oficial al menos para cuestiones tan elementales como realizar un viaje o atender su salud en algún centro asistencial del exterior.
La misión de administrar las reservas se ha convertido en un acto arbitrario y poco racional, que sólo sirve para complicar el funcionamiento de la economía y la vida de los ciudadanos y que sólo servirá para crear más incertidumbre y demanda de dólares. Las perspectivas a lo largo del año auguran, como hemos comentado en otras ocasiones, que la fragilidad continuará. Por un lado, el stock de reservas de U$S 47.593 millones constituye una palanca formidable para contener un colapso cambiario. Por otro lado, el flujo de ingresos y egresos externos será casi con seguridad negativo y, por lo tanto, el cierre del año significará una nueva caída en el nivel de reservas.
En la Argentina, no hay alternativas de ahorro. Y la génesis de este problema es la inflación. Mientras no se corrija eso, no puede haber ahorro, mucho menos crédito. Esto es de manual y ya lo vivimos en el país.