Una vez más la vida la obliga a desprenderse de una parte de su historia. Ya le había tocado muchas veces hacerse cargo de un adiós incuestionable, de esos que no tienen vuelta atrás. Pensaba que a esta altura, con 64 años vividos, no repetiría demasiadas veces esa odiosa situación. Pero no.
Es inexplicable. Algunos hablan de rachas pasajeras y otros culpan a la mala suerte, mientras ella se consuela tratando de convencerse de que estas cosas forman parte de la vida misma y no se pueden evitar. Y es que desde que nacemos transitamos por una despedida constante.
Primero del chupete, más tarde de la mamá en la puerta del jardín, después de los padres cuando dejamos la casa, y ni hablar del primer amor.
Ella ya había dicho chau muchísimas veces. Hasta la muerte es algo que inevitablemente se espera. Pero esta es una situación distinta.
Hoy le toca dejar lo único que sentía propio. Con el compañero de toda su vida en un viaje sin retorno, sus hijos independizados y sus nietos creciendo a pasos agigantados, apenas esas paredes eran totalmente suyas. Esa mesa donde comieron los domingos, ese patio por donde corrieron tantas mascotas -y bajo cuya tierra algunas descansan-, el jardín donde compartieron tantos mates y atardeceres, el sillón que acogió a sus amigas cada noche, cuando llegaban a tomar café y a mirar la novela.
De repente, una carta tan inesperada como la noticia que traía la obligó a repensar su vida. ¡A esta altura! Acaso por enésima vez se prepara para embalar sus recuerdos y buscar un nuevo lugar donde tantos adioses se transformen -al fin- en una bienvenida.