En 2006, cuando se discutía la reforma de la Constitución de la provincia, los alperovichistas se reunieron para analizar lo que más les preocupaba: la reelección. En ese momento surgió la propuesta: "Le demos un período al gobernador y la reelección indefinida a los legisladores". "Ni loco -en realidad, lo dijo de otra manera-", gritó Alperovich. "La misma suerte mía será la que corran los legisladores"… Y así se hizo.
Hace tres noches, minutos antes de que el jueves se convierta en viernes, el gobernador, agradecido porque "su equipo" de legisladores le había dado la posibilidad de acceder a un préstamo de $ 400 millones, les dijo: "si ustedes necesitan hacer la reforma, háganla para ustedes, como vos decías Sisto (Terán); y, si quieren, para mí. Yo los banco en lo que decidan".
Fue como tirarle caramelos a los chicos, para que sigan con el juego que más les gusta. ¿Alperovich les dijo a los legisladores avancen con la reforma constitucional conmigo o "sinmigo" (Herminio Iglesias dixit)? No. Mientras hablaba, Alperovich estaba junto a su esposa y junto al "Hombre que él inventó". Es decir, el mensaje era "yo ya elegí, cuidado con las decisiones que ustedes tomen". Cuentan que quedó como un despistado Siviardo Gutiérrez cuando se animó a sugerir: "nosotros queremos la reforma con vos y con nadie más". La senadora Beatriz Alperovich podría acordarse de los que no la incluyen. La contracara fue el presidente del bloque, Roque Álvarez, que tuvo a su cargo el "período de zalamerías" para Betty, quien sintió que era demasiadas después de sus recientes papelones políticos sobre la pobreza de un barrio tucumano y en la opulencia del Senado de la Nación. A pesar de los esfuerzos de Álvarez, no hay dudas de que a la primera dama, además del inconsciente le fallaron los asesores, que la terminaron hundiendo en el barro. Fueron los "sijosesistas", no obstante, los que le hicieron pedir disculpas a pocas horas de haber responsabilizado al alcohol y a la pobreza por la muerte de una niñita.
La mancha
Hay dos decenas de legisladores que están desesperados por conseguir la reforma constitucional para perpetuarse en el sueño reeleccionista sempiterno. Pero no comen vidrio. Saben que una reforma constitucional en estos momentos es dificilísima, pero, además, están seguros de que, sin Alperovich, es imposible. Desde hace una década vienen fortaleciendo y defendiendo, como único referente, al gobernador; y si ahora encaran un proyecto en soledad, van a chocar en penca. Han quedado atados a los destinos de Alperovich, mal que les pese.
El dueño de la vereda
Estos vaivenes en los que se ve sometida la sociedad tucumana muestra que la gestión alperovichista nunca se imaginó llegar a estas instancias y, lo que es peor, va acomodando las cargas en el camino. Los estadistas marcan rumbos y señalan el camino a seguir, Alperovich les dice cuál es el camino; pero no sabe que lo bloquean más piquetes que los que interrumpieron la ruta 38 en los últimos días.
Es cierto que la alternancia política que supo instaurar la Constitución tucumana anterior no ha podido dar buenos ejemplos. No hay políticos legislativos que la memoria reciente los rescate como moldes para el mármol; y lo cierto es que, salvo Fernando Riera, que no se salva de críticas a su empleomanía, el resto de los mandatarios que se han sentado en el sillón de Lucas Córdoba no se han ido por la puerta grande. No obstante esta premisa, la permanencia abulonada a las bancas deja entrever otro tipo de ambiciones. Alperovich los conduce como a esclavos que quieren seguir siéndolo; y no como libres pensadores del gran cambio tucumano. Precisamente por este acostumbramiento a la función es que puede generar preocupación la reelección indefinida de los legisladores provinciales. Una Carta Magna debe -entre sus muchas responsabilidades- marcar límites al poder. Eliminar esos frenos no parece, a priori, una salida en una sociedad en la que el poder omnímodo del gobernador hace confundir hasta dónde llega cada uno de los poderes del Estado. Simón Bolívar solía equiparar a los gobernantes latinoamericanos con los reyes. El paso del tiempo no ha dejado envejecer sus palabras.
El elástico
Los dos tercios de los votos de la Cámara para declarar la necesidad de la reforma no es un problema para la Legislatura. El cuestión será tener espalda para defender ese proyecto ante la ciudadanía. Históricamente, los defensores de la reelección indefinida sostienen que ayuda a consolidar proyectos de gobierno a largo plazo, a atender mejor las necesidades de los ciudadanos porque no tienen que esperar más de un año hasta que se instalan los nuevos dirigentes. Los que están en las antípodas, a favor de la alternancia, advierten el riesgo de que se mal usen fondos públicos para fortalecer a los candidatos y debilitar a los opositores. Pero estas disquisiciones deberían quedar en el cajón cuando se piensa reformar una Constitución por el interés de un centenar (legisladores, intendentes, delegados comunales) de políticos que hace seis años -nada menos- la han modificado. El fray catamarqueño Mamerto Esquiú sermoneaba en 1853 que había que tener "inmovilidad y sumisión". "Inmovilidad por parte de la Constitución y sumisión por parte de los argentinos". "La vida y la conservación del pueblo dependen de que su Constitución sea fija, que no ceda al empuje de los hombres, que sea un ancla pesadísima a la que esté asida esta nave…".
Ring-raje
Alperovich repartió los caramelos nada más que para agradecer el préstamo de $ 400 millones. Él dice que no los va a utilizar; sin embargo, es como si hubiera cargado el arma por las dudas se quede sin balas. Esto sorprende. Alperovich llegó al poder sin méritos políticos, aunque con fama de buen administrador y de empresario próspero. Si de algo estaban seguros o tranquilos los tucumanos es de que las cuentas iban a estar en orden, no como las habían dejado los antecesores. Esta semana, después de casi una década de gestión, esa fama se hizo añicos.
Verdad / consecuencia
Instituciones débiles e inseguridad van de la mano. Y es hasta lógico que así sea: donde escasean los controles o estos son lábiles o fácilmente neutralizables, más sencillo resulta vulnerar la ley y evitar la sanción. Pero el alperovichismo funciona con una lógica distinta, una que, por momentos, atribuye la inseguridad a problemas que el Estado no puede solucionar y que, por otros, niega que la inseguridad sea un problema.
En el camino, ha puesto curitas por todas partes. Ha cambiado al jefe de la Policía, ha aumentado el número de agentes y de vehículos, ha colocado cámaras y ha retocado -para endurecerlo- un Código Procesal Penal, que en algún momento fue aplaudido por adelantado y racional. Así como la distribución de planes sociales no ha sacado masivamente de la pobreza a sus beneficiarios, estos apósitos tampoco han conseguido mayor seguridad. A medida de que fracasan los paliativos, surge con más intensidad la idea de una inseguridad alimentada a la sombra de instituciones débiles y viceversa. Ese núcleo del fenómeno no entra, sin embargo, en la lente con la que el alperovichismo mira la realidad de la provincia. Por eso se permite prescindir por sexta vez consecutiva de los servicios de Carlos López, cuya independencia podría inyectar autoestima y energía a una Justicia Penal desbordada por las circunstancias. Pero López cometió el pecado de trabajar en la Fiscalía que investigó a los Alperovich antes de que estos fuesen por todo. Ese antecedente lo "inhabilita" para ser magistrado. El mensaje no puede ser más claro: la idoneidad para batallar contra la criminalidad está uno o varios escalones por debajo de la voluntad de no herir las susceptibilidades del poder.