Así, sin preámbulos, vamos derecho al veredicto: lo de Divididos en Tucumán fue absolutamente demoledor. “La aplanadora” fue más aplanadora que nunca y reventó Central Córdoba con una erupción descomunal de rock en estado puro.
Listo. Ahora sí volvamos al principio: la impuntualidad tucumana hizo que la apertura de la fiesta, prevista para las 22, se retrasara poco más de 40 minutos. El propio Ricardo Mollo pidió disculpas por esperar a que la gente se decidiera a entrar.
Hasta que no aguantó más, y mandó la tropa al frente. Luego de una feroz intro de dos minutos a pura viola para calentar los dedos y los corazones, golpearon primero por el lado de la nostalgia con “Paraguay”, avanzaron una década hasta “Elefantes en Europa” y “Tanto anteojo”, y desembocaron en "Amapola del 66", su último disco de estudio, con con la enérgica “Hombre en U”, la excelente “Buscando un ángel” y la pegadiza “Mantecoso”.
Pero claro, faltaba algo: el pogo. Y es que hay que ser muy amargo para no andar a los saltos con “Qué tal?”. De paso, le llegó el momento a Diego Arnedo de demostrar que entre él y su bajo no hay secretos. El “Cóndor” estremeció las columnas con su fábrica de truenos, y luego le cedió el paso a esa otra bestia llamada Catriel Ciavarella, que le tiró toda su juventud a la batería y la castigó sin piedad.
Lo de este muchacho merece un párrafo aparte. No conforme con hacer gala de una enorme destreza técnica, le pega a los parches como si los odiara. Un animal. Entre “Azulejo” y “Perro funk”, el más nuevito de la banda tuvo su primer espacio de gloria y se despachó con un maremágnum de percusión que dejó a todos con la boca hasta las rodillas.
Con “Vientito de Tucumán” llegó la calma y la comunión con el público local. Todo Central Córdoba se transformó en un guitarreada, que incluyó “Sisters”, “Par mil”, “Senderos” y “Jujuy”.
Pero la ganadora de la ronda fue sin dudas “La flor azul”, interpretada junto a Lucho Hoyos y otros artistas tucumanos. La multitud de instrumentos hizo que la chacarera sonara algo desajustada, pero no evitó la emoción y el aplauso encendido.
Con “Amapola del 66” regresó "la aplanadora", con un Catriel otra vez en éxtasis y machacando la batería sin control. "Pará hermano, que la vas a romper"... Pero no para, es un pulpo de 80 brazos que prepara la entrada de “El arriero”, en su versión blues, como previa al ritual de arrojarle una zapatilla a Mollo para que tocara “Vodoo Chile”, de Jimi Hendrix.
No hay nada que hacer, qué pedazo de violero que es el marido de Natalia Oreiro. Cuesta creer que, con toda esa energía y esa voz intacta, tenga más de 50 pirulos. Y que Diego, con casi 60, haga retumbar la tierra de la manera en que lo hace con su bajo. Y que Catriel, incansablemente salvaje, sea humano y no un robot programado para ametrallar la batería hasta el límite de su resistencia.
“Vida de topo”, la favorita de quien escribe, nunca llegó. Como tampoco otras, pero es entendible cuando trata de 24 años de repertorio resumidos en dos horas y cuarenta minutos de show. “Ala delta” y “El 38” amagaron el cierre, que llegó recién con el consabido Sumazo y “NextWeek”. Para entonces, todo Central Córdoba ya era una sola masa exhausta, plena, rebalsada ante el paroxismo del rock and roll. LA GACETA ©