En 2010, en la Argentina se facturaron $ 44.000 millones en concepto de las llamadas "industrias culturales" o "industrias creativas". En porcentajes, ese monto constituía dos años atrás el 3.5% del PBI de la Argentina, según indica el Sistema de Información Cultural de la Argentina (SinCA). La misma información señala que los platos fuertes -sectores editorial, audiovisual y fonográfico- habían experimentado entonces el cuarto año consecutivo de crecimiento para el sector. Por supuesto, nadie duda que la ciudad de Buenos Aires se lleva la gran porción de la torta: el 80% de la producción cultural del mapa argentino tiene tonada porteña. Sin embargo, muchos protagonistas de las distintas disciplinas culturales ahora se animan a sacar pecho: ingenuos o visionarios (el tiempo dirá), músicos, escritores y editores tucumanos aseguran que con la era digital se han abaratado los costos de producción; que ya no necesitan de esa gran vidriera que es Buenos Aires; y que la misma red les permite, con sus múltiples herramientas y redes sociales, difundir y hacer circular sus obras. De todos modos, el Tucumán físico y territorial, el que no dirime su destino en la virtualidad de la red, todavía espera políticas culturales integradas, en las que participen por lo menos dos actores: el Estado y los agentes culturales que entienden que su quehacer no sólo genera deleite estético, sino que es, además, una actividad económica. En ese marco se inscribe el "PreMica" NOA, esa gran feria de intercambio regional de bienes y acciones culturales que está coordinando el Ente de Cultura, y que se desarrollará a fin de mes en Tucumán. Los organizadores apuestan a que la actividad les permitirá saldar una deuda que ese organismo tiene con la provincia: la confección de una base de datos que permita medir, ponderar, la actividad cultural, para poder así proyectar su impacto en la economía provincial. Esa base de datos, se entiende, deberá contemplar las nuevas perspectivas en materia de políticas culturales; por ejemplo, pensar y actuar en función de una "Economía de la cultura". Bajo ese paraguas conviven las industrias culturales tradicionales, las más recientes y las actividades económicas no industriales, entre las que tallan actividades como las artesanías y las llamadas "fiestas patronales". Entre las expresiones más innovadoras emergen en Tucumán la industria del software, que da señales de expansión (y que puede aportar en materia de videojuegos); y el diseño, que en sus diversas expresiones se está ganando un lugar en el escenario nacional. Tanto los organizadores del Estado como productores independientes que ya pasaron por "PreMica" de otras regiones aseguran que en ese gran mercado pueden surgir fusiones, intercambios, modos de gestión o negocios antes impensados en el ámbito del quehacer cultural. Y apuntan que ese esquema conlleva una novedad: que el artista pueda imaginar un futuro no sólo atado a los aportes estatales. Fernando Ríos (El árbol de Galeano, Malegría) opina que una vía a transitar en Tucumán es la del mecenazgo: empresas que entiendan la cultura como una inversión, y no como un gasto. Esa apuesta recién está echando a andar, pese a que Tucumán tiene su ley (7476/ 05, promulgada, pero no sancionada) reconoce Ríos.
Al margen del PreMica, los artistas tucumanos -en particular los músicos- le siguen reclamando al Estado provincial que les garantice espacios para tocar: por ejemplo, un circuito sistematizado de fiestas patronales y festivales, como el que se ha perfeccionado en Santiago del Estero. El reclamo tiene asidero, y parece un guiño al pasado: ante la muerte del CD, afirman, lo que les dará de vivir es el espectáculo en vivo, que cada vez tiene más peso en el mercado de la cultura.