Mientras transcurrían los sangrientos días de la Segunda Guerra Mundial (IIGM) entre 1939 y 1945, el mundo no tenía otro horizonte que el espectáculo de la destrucción y la muerte. Fue "guerra mundial" porque se involucraron 72 naciones, si bien en grado diverso. La URSS, esa enorme conformación de países de entonces, fue la que más cadáveres aportó a esos guarismos vergonzantes para la raza humana (¡22 millones!).
Así, crudamente, este columnista quiere significar a modo de honrar la vida, que fueron historias de vida, cada una de ellas, de toda esa IIGM segada por la metralla. Alemania le sigue en la escala de aportes de víctimas fatales (incluidos militares y civiles): 8 millones, sin contar los entre 5 y 6 millones de judíos en el Holocausto.
Cuando uno se enfrenta con estas cifras resulta necesario acudir a reglas mnemotécnicas para tener presente la naturaleza de su magnitud. Imaginar por ejemplo la población actual de cuatro países: Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia: 60 millones de habitantes, que es el equivalente de las víctimas de la IIGM, durante los seis años de semejante tragedia de la Humanidad. La naturaleza humana roída hasta el hueso por el crimen de la guerra, al decir alberdiano. La destrucción de ciudades, de infraestructura, de fábricas, de escuelas. El quebrantamiento -brutalmente- del orden social, las migraciones forzosas de los sobrevivientes exhaustos y hambrientos, sin nada que llevar, sólo el hálito de vida que se resiste a claudicar.
Alemania, viniendo su evolución desde la masiva conformación del nacional-socialismo hitleriano, pretendía conformar una sociedad limpia de judíos, ("enemigos de la nación"), de testigos de Jehová, de comunistas, de gitanos y de homosexuales, entre otros discriminados.
Hitler arranca en 1933 con una planificación que perdurará hasta 1945, cuando Alemania se ve obligada a la rendición incondicional. Un país que debió rendirse dos veces (en noviembre de 1918, en la Primera Guerra Mundial y obligado por ser responsable del conflicto al pago de ingentes indemnizaciones de guerra y el 7 de mayo de 1945) se encontró al final de la IIGM con un panorama que hubiera despedazado el futuro de cualquier otro país: dividido en dos, la RFA (República Federal Alemana) y RDA (República Democrática Alemana) y con Berlín repartida entre cuatro, con la parte oriental estigmatizada con el muro que hizo historia más cuando se abatió sin un solo tiro que cuando se empezó absurdamente a construir.
Hoy, a casi siete décadas (67 años) de la segunda rendición, Alemania ya unificada -logro extraordinario del sentido de pertenencia a lo germánico uniendo dos partes muy diferenciadas económicamente y en términos de desarrollo-, asume conducir la locomotora en la crisis de la Unión Europea. Y hasta se integra -honrosamente- en el formato 5+1 (EEUU, Gran Bretaña, Rusia, China, Francia, los cinco del Consejo de Seguridad de la ONU) para intervenir en la compleja gestión diplomática por el conflicto sobre intereses nucleares de Irán.
Ahora, una reflexión que nos avergüenza: ¿cuánto pudo desarrollarse la Argentina desde 1945 hasta hoy? Salvo la guerra de Malvinas (doloroso episodio allende las costas atlánticas, así se vivió en suelo continental) no hemos tenido sino todas las fantásticas posibilidades de crecer como en ese tiempo lo hicieron países (no es necesario nombrarlos) que estaban en niveles inferiores al nuestro.
El verdadero milagro alemán fue sobreponerse como lo ha hecho a tantas y tantas equivocaciones, muertes, culpas y desviaciones asumiendo la determinación de darse una nueva oportunidad y la encontró.
La Argentina, todavía, la busca, en medio de una muy oportunista manera de entender la democracia en medio de un populismo insano de sólo aplausos y liviandades, impropio de un Estado necesitado de una beneficiosa y pacífica interdependencia con otros Estados del mundo.