Si en nuestro país el automovilismo es un culto, por estas tierras el rally es la religión que más adeptos reúne y que permite que los fieles se reencuentren con sus grandes amores: el ruido de motores, el chillidos de las frenadas y la emoción que sólo pueden generar una acelerada a fondo. "Esto es adictivo", dispara el catamarqueño Mauricio Guimares Mur que se instaló a la medianoche con el médico concepcionense Guillermo Gómez y el salteño Francisco Goytea.
Ellos fueron testigos de la peregrinación que desató la carrera. "Somos vecinos de un edificio de avenida Roca y Próspero Mena. Llegamos a las 24 y tranquilitos, con dos asados encima, esperamos que arranque todo. El movimiento fuerte comenzó después de las 4, cuando cerraron las puertas de los boliches", cuenta Goytea que ayer tuvo su debut de fuego como testigo de una prueba de la categoría.
El ritual, en todos lados, fue el mismo. Llegar, prender el fuego lo más rápido posible, comer bien y beber lo justo y necesario para que nada impida disfrutar del paso de los vehículos. "El rally sirve para compartir todo esto. Por eso hay muchísima gente que se prende. Se disfruta de un día buenísimo en medio de paisajes hermosos. Además todos ganan, la provincia, el municipio, la señora que vende bebidas y el que hace las empanadas", destaca Guimares Mur, que es integrante de Asociación Automovilística de Ambato, que organiza pruebas de la especialidad.
La espera por ver acción puede ser desesperante. Por eso, alrededor del fuego, se escuchan anécdotas de otras carreras vividas. El catamarqueño, estudiante de Ingeniería Mecánica no se cansa de hablar de los costos y de los accidentes que protagonizó. "El departamento está decorado con todos los parabrisas y paragolpes que rompió", tira Goytea. Gómez, sin dudarlo, agrega: "eso sí, no tiene ni un trofeo". Risas y más risas.
El panorama cambia totalmente cuando comienza a escucharse el ruido de los motores. "Hay que alentarlos a todos porque hacen un esfuerzo muy grante para estar, pero obviamente que uno tira por los de la región", dispara el salteño, que estudia Arquitectura.
Los uuhhhh, los daleee, los pisalo, pisalo, correttteee, autooo de los más enardecidos se mezclan con los movimientos de brazos, aplausos y el revoleo de buzos de los fanáticos ni bien pasa la primera máquina. Serán casi 10 horas. "Es una fiesta que ojalá no se termine nunca", pide a los gritos Guimares Mur. El salteño, que vivió su primer rally, se suma: "nunca me imaginé que sería tan bueno, aunque por momentos pensé que me tendría que subir a un árbol".
Gómez, en cambio, se muestra mucho más sereno. "No puedo negar que como concepcionense me duele que la carrera no se haga en casa, pero este fue un show y felicito a la gente de Aguilares. Hizo todo muy bien y ojalá que el rally vuelva rápido", concluyó.