Lo políticamente correcto es aquello que se encuadra en decir lo que se debe y hacer lo que se puede, tomando como puntos de referencia el cargo, la investidura y el público al cual se representa, en un marco de coherencia ideológica. Lo que dijo la senadora Beatriz Rojkés de Alperovich el miércoles, cuando se conoció que la nena de seis años Mercedes Figueroa había sido asesinada, responsabilizando a la "familia borracha" de la niña por el crimen, fue políticamente incorrecto. No es lo que "debía" decir la tercera autoridad del país, una senadora de la Nación, la esposa del hombre que gobierna la provincia desde hace casi una década y la presidenta del Partido Justicialista -cuya marcha aprendió hace muy poco-, y que en una de sus 20 verdades postula que "los únicos privilegiados son los niños".

Obligada por el masivo rechazo social que provocaron sus palabras, al día siguiente ofreció disculpas. Con argumentos poco convincentes y escasa reacción, ahora sí fue políticamente correcta, pese a dejar en posición adelantada a varios que salieron a inmolarse por ella, a defender lo indefendible, con tal de integrar una lista en 2015.

Hasta aquí las cuestiones de forma. El miércoles dijo lo que pensaba, sin filtros ni asesores que la guiaran, y el jueves se ubicó en su investidura y fue políticamente correcta, como una candidata en campaña.

Lo grave es la cuestión de fondo. Que piense que la marginalidad, el alcoholismo, el hacinamiento y la promiscuidad que deriva de ellos no son un asunto de Estado. Lo grave es que no entienda o no acepte que la pobreza extrema y la inseguridad son parte del mismo problema. La acusaron de clasista y fascista por declaraciones que sin duda comparte un sector no tan minoritario de la sociedad. El mismo sector que aplaudiría si mañana mismo exiliaran a todos los pobres y mendigos a Catamarca, como ya hizo Bussi en los 70, porque lo importante no es solucionar la pobreza -producto de las políticas que entre otros la senadora encabeza- sino que lo primordial es que los marginales no molesten y pongan en riesgo a las "personas de bien".

Lo grave no es que la senadora opine así, porque está en su derecho de pensar que el Estado no es responsable o no puede o no quiere hacerse cargo de lo que ocurre en los oscuros laberintos de las villas. Lo grave es que representa a un gobierno que postula todo lo contrario y que levanta banderas de justicia social y se autoproclama abanderado de los humildes. Lo grave es que la senadora está en ese lugar gracias al voto de esos "morochos" a los que trata de borrachos.

El fundador del partido que la senadora preside decía que la única verdad es la realidad y aquí la única realidad es que la mayoría de los familiares y vecinos de Mercedes Figueroa no lee los diarios y difícilmente vayan a saber nunca lo que ella dijo. El canal oficial y varias de las radios de mayor audiencia que controla el gobierno no informaron una sola palabra sobre este hecho, llegando a un punto de enajenación y desvarío en que la televisora que fundó la UNT mostró sólo las disculpas de la senadora, sin decir por qué ni de qué se disculpaba. Está claro cuál es la política de medios que se intenta imponer, salvo que la tercera autoridad del país vaya a contramano de lo que tan profusamente denuncia la Presidenta respecto de libertad de expresión y manipulación de la información. La senadora sabe que la única verdad es la realidad y que la gente vota con la necesidad del bolsillo antes que con la cabeza. Y el pobrísimo barrio de Mercedes Figueroa será debidamente asistido con bolsones y promesas días antes de las próximas elecciones.