Hace un par de días me negué a leer -así, de raíz- una nota sobre "los 10 pasos para recuperar tu celular si se cae al agua". Ingenua, pensé: "eso a mí no me va a pasar" (como por lo general pienso que muchas cosas no me van a suceder... y después me pasan). Me acordé de ese artículo porque tuve que salir disparando a buscarlo en Google. Como loca. Fue segundos después de haber mantenido el siguiente diálogo con mi hijo de dos años:

- ¿Y mi celu?

- Yo tingué ahí (su dedo pequeño señalaba la pileta).

- ¿Qué tingaste qué cosa y dónde?

- Ahí.

Así, sin vueltas y sin anestesia. Corrí y me zambullí en el agua helada para rescatar mi mano derecha. Pero como no había leído ese artículo comencé a practicarle al aparato las peores técnicas de resurrección: lo abrí, lo sequé con un trapo, lo puse al sol, lo di vuelta, lo prendí para ver si eso estaba dando resultado. No, no estaba funcionando. Busqué y ya no encontré la nota, pero lo que sí me ofreció el buscador fue "lo que no tenés que hacer"... y detallaba todo lo que ya estaba hecho. Un fiasco. Por suerte, un compañero de trabajo se ofreció a destripar el celular sin compromiso para ver si le quedaba una esperanza. No sé cómo, pero logró revivirlo y ni huellas del naufragio le quedaron.

Ahora, cada vez que leo un decálogo con "las diez cosas que tenés que hacer en caso de..." No, no lo leo. Sigo pensando que son una pérdida de tiempo. No aprendí la lección. A veces, simplemente, no lo hacés aunque te pase.