Si un partido de fútbol hubiese sido ayer un deporte que durara 90 segundos en vez de 90 minutos, Atlético habría sido ayer un equipo maravilloso: al minuto y medio de juego construyó una jugada que debería incluirse en la antología del año: Santiago Fernández abrió para Alejandro Espinoza y éste envió un centro con veneno que Sebastián Longo cabeceó al ángulo inferior. Era gol, merecía ser gol, pero entre el arquero Lucas Calviño y el palo, la jugada terminó en córner.

El problema fue que en ese momento también se terminó lo mejor de Atlético en el partido: 90 minutos después, "el decano" era la imagen de un equipo desencajado. Dos rojas, dos goles abajo (y un penal errado por el rival) y algo mucho peor que lo puede ser una mala tarde coyuntural: la melancólica sensación que Atlético tiene lo que se merece. Es decir que, con el 80% de la temporada ya transcurrida, su ubicación en las posiciones califica el juego y su competitividad. Más allá de los errores puntuales Jorge Baliño, Atlético es un equipo del fondo. Salvo una remontada como la que construyó exactamente hace una rueda, el objetivo de los 50 puntos parece difícil.

Respecto de la derrota ante Ferro, Juan Manuel Llop cambió ayer seis jugadores pero, en el fondo, no cambió nada: el arco rival le suele quedar muy lejos a Atlético. En Parque de los Patricios se ratificó, además, la sensación que algunos jugadores no aprovecharon la ocasión. No es que Pizzicannella y Barrionuevo hayan jugado por debajo de la media del equipo; tampoco estuvieron en un piso superior. Galíndez y Barrado fueron los abanderados, uno de la resistencia y otro de la creación, pero todo se desvaneció tras la expulsión de Fondacaro, el gol de Quintana, la roja a Galíndez, el penal errado por Cámpora y el 2-0 de Milano.

Después de aquellos 90 segundos iniciales, Atlético fue un equipo que poco a poco se fue derrumbando y que terminó perdiendo todo: jugadores y el resultado