Niebla en los ojos. Sensación de vacío. Vértigo. Mareo. Ella alcanza a tomarlo del brazo. Se queda sin fuerzas. Trastabillan. Caen. Los círculos los devoran. Las palabras giran. El tiempo también. Una enredadera los abraza. Detiene el descenso. Los deposita en la entrada de una cueva. La doncella le besa los párpados. Él despierta. Mira asombrado a su derredor. "No sé dónde estamos, pero no parece un lugar acogedor", dice la doncella. El rey se incorpora raudamente al oír los rabiosos ladridos. La toma de la mano. La lobreguez de la caverna los traga. "No temas, hermosa mía. Serena el corazón. Nada malo habrá de ocurrirnos", le susurra Shahriyar. La abraza. Continúan caminando en las tinieblas. Un piolín de luz les ilumina la esperanza. A medida que se acercan se hace más intensa. Una sombra les sale bruscamente al camino. Grito. "¡No os asustéis, bella doncella! Disculpadme, rey, no quise importunaros. Me dicen el Básico. Os guiaré por este laberinto", dice el espectro que parece llevar un libro bajo el brazo.

Caminan un trecho. Se detienen ante un cartel: "Hay que demoler. Total, por acá no pasaron ni Belgrano ni San Martín. Al Rachid". En la puerta del conducto subterráneo, un grupo de ancianos brama: "¡Perras mentiras! El Indec dice que en Tucumán sólo hay 59.200 pobres. ¿Y nosotros qué somos? La mayoría de los 110.000 jubilados que viven en este Jardín cobramos $1.687 mensuales, ¡si eso no es miseria, entonces qué es!" Una abuela aúlla: "¡Tiene una piedra en lugar de corazón! No nos va a pagar el 82%, está esperando que nos muramos todos. A ver si Al Rachid es capaz de vivir un mes con la miseria que cobramos".

Ingresan en la madriguera. Gimoteos en pandilla los estremecen. Más hombres que mujeres atados en uno de los tobillos se arrastran, se golpean entre ellos, se pellizcan, se muerden, mientras intentan aferrarse a un enorme dedo gordo enjabonado. Cuando logran agarrarlo para besarlo, este se desinfla y se les escabulle. "Te dimos los pulmones verdes y las cocheras. Te dimos los edificios viejos para que los vendieras y los amigos fueran felices. Te regalamos la Carta Magna que pediste... Nos dijiste que entraríamos en la historia con vos, jefecito...", sollozan. Un aluvión de manos levantadas, de leyes y ordenanzas de plomo caen pesadamente sobre las cabezas, provocando un escándalo de gritos.

"¿Quiénes son esos seres, don Básico?", inquiere Scheherazade. "Son los obsecuentes", contesta. Se meten en otra cueva. Desembocan en lo que parece una plaza desierta. De pronto irrumpe una turba que corre desesperada tras una enorme moneda de oro. Un grandote se abre paso entre empujones. "¡Dejenmé, yo primero, tengo privilegios, yo soy la historia!", vocifera. Cuando están a punto de agarrarla, la moneda se pierde en una rejilla. La plaza se sacude torpemente. Se encienden y apagan foquitos al compás de sonidos insoportables. Un cartel se ilumina: "Lost game!" La plaza se inclina y la multitud se despeña en un lodazal de lágrimas. "Ya sé, no me digáis nada, son los codiciosos", dice Shahriyar y agrega asombrado: "nunca vi una plaza tan rara, con rejillas, como si fuera una extraña máquina, ¿cómo se llama?" "Tragamonedas. Hay una enorme en el palacio, que come las pocas monedas de los que menos tienen a través de elevados impuestos. Estas máquinas van a comer durante medio siglo de los bolsillos nuestros", se lamenta el espíritu.

Despierta sobresaltado. Observa a su amada dormida y se serena. Las 1.064 noches le dejan una amargura: "No hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia".