Hay que estar en sus zapatos. Porque ir y venir para atender el gusto de la mayoría no debe ser muy confortable; andar anunciando una, dos y tres veces el menú de la noche ante los oídos sordos de algún concentrado en el teclado, la grabación o el partido de turno, menos. Sin embargo, ella le pone onda. No le faltan historias para contarte y hasta se cuelga viendo la definición por penales en la Champions, haciéndose compinche. Después vuelve al ruedo. Las pocas pulgas que la caracterizan son lo mejor: te hacen respetarla como persona trabajadora que es, pero también te hacen reír porque a la hora de contestar no tiene ni un pelo en la lengua. Si no habrá dejado pagando a varios, incluido algún jefe, ellos con los que por ahí uno se cuida un poquito más.

Así es la petisa de verde. Con el trajecito de todos los días va de aquí para allá, bandeja en mano, y es una más de la redacción. Una grosa.