Los incrédulos, desesperanzados, desilusionados y desinflados llegaron temprano y a las 4.05 ya estaban regocijándose en su propio escepticismo: "acá no va a pasar nada, no va a venir nadie, son todos unos muertos". Era probable, claro que sí. Hace seis años, cuando José Alperovich decidió la hora en que se marchitarían las flores del Jardín todas las noches se produjo un ímpetu fuerte que sacó a la juventud a las calles, indignada porque veía cómo le cortaban con machetes su derecho a bailar. Pero la bronca duró tres fines de semana y el decreto se convirtió en ley.
El domingo a la madrugada unas 1.000 personas -siendo avaro- o 1.500 -siendo generoso- se juntaron en la plaza Independencia para reclamar por dos cosas bien diferentes. Por un lado, se denunciaron los avasallantes operativos del Instituto Provincial de Lucha Contra el Alcoholismo (IPLA) de los que buena parte de los jóvenes fueron víctimas alguna vez, con palos o sin palos de por medio. Por otro, se pidió el final de una ley que muestra en los hechos lo que no exhiben las (¿inexistentes?) estadísticas para evaluarla: es un fracaso. A.M. estuvo en la fiesta del pasaje Díaz Vélez, el detonante de este nuevo "levantamiento" anti 4am, e insiste en que tiene miedo a las fuerzas públicas y por eso no quiere que se publique su nombre. Llegó al "after masivo" desde una fiesta ilegal, en la zona de la plazoleta Mitre, clausurada por el IPLA a las 3. "Esta vez se portaron como una seda, pero a la persona que estaba cuidando la puerta le 'advirtieron' que si no los dejaban entrar para verificar que no se vendía alcohol, la cosa se iba a poner más complicada. Espero que con estas movidas empiecen a controlar a los que controlan la noche", relató la joven. Después de echar un vistazo entre la concurrencia ella se marchó ("tal vez a una fiesta"). La cuota de responsabilidad con la causa estaba cumplida.
Protagonistas
La mayoría llegó de los boliches con ganas de seguir la fiesta, como cualquier viernes o sábado. La hora pico de la movilización fue alrededor de las 5 y los más ruidosos y convocantes fueron los "desalojados" de Robert Nesta. Ellos arribaron como una banda de sikuris a tocar carnavalitos y a hacer bailar a los manifestantes. Es que no hubo parlantes, ni quien leyera un documento ni pusiera la "Marcha de la bronca". El reclamo se hizo sentir con cantos, casi todos dirigidos al gobernador y con un permanente "se va a acabar, se va a acabar, la dictadura en Tucumán".
"El tema es cómo hacemos para sostener esto y que no pase lo que pasó en 2006. Tenemos que venir todos los fines de semana hasta que entiendan que la ley no hace más que empeorar las cosas", evaluó Ariel Moreno. Esa, en realidad, fue la charla generalizada de los que no bailaban al ritmo de los tambores, pero que sumaban con su presencia.
A las 6 (algo especial debe tener esa hora, que tanto la señalan como el fin ideal), los autoconvocados de la noche ya se habían marchado. En la plaza sólo quedaban unos 20 insaciables, sentados en círculo frente a la Casa de Gobierno. Alguien sacó un papel con una dirección y leyó en voz alta la dirección desconocida de un after. "Andate, traidor", lo acusaron.