Una ama de casa apretuja un pañuelo mientras recuerda sus años de mujer golpeada.

Un no vidente se dispone a reconstruir los tiempos en los que vivía y dormía en calle, en la más espantosa de las miserias.

Una adolescente hiperobesa se levanta la remera hasta los pechos y exhibe su descomunal abdomen.

Un aminorado mental intenta una imitación de Sandro a la par de otro que toca el piano.

Todos ellos han llegado a la televisión argentina. Le han hablado a una cámara que los conectaba con millones de personas. Se han parado al lado de un conductor sensible o de uno pretenciosamente profundo. Han llorado. Han hecho llorar. Han recibido consejos y los han impartido. Han sido etiquetados en ese generoso rótulo que es el de las "historias de vida", categoría que se adueñó tanto de la pantalla que cabe preguntarse si en verdad quieren contarnos una anécdota o si simplemente pretenden pincharnos como a globos llenos de lágrimas.

La metáfora no es exagerada. Nadie desprecia una historia emocionante, menos aún si quien la cuenta es el vecino de enfrente o -mejor todavía- si esta incluye un mensaje optimista. Sin embargo, de acuerdo con productores y analistas, se hace evidente en la TV una tendencia a forzar la sensibilidad. "Soñando por cantar" es el ejemplo emblema, teniendo en cuenta que es casi imposible observar una emisión entera sin que lloren espectadores, concursantes, conductor y jurado. Pero no es el único caso.

El ciclo de cine que Telefe encomienda todas las tardes a Virginia Lago ha tenido aciertos destacables, como la emisión del clásico "Lo que el tiempo se llevó" o de la elogiada "El curioso caso de Benjamin Button", entre otros buenos filmes. Empero, la mayoría de las películas relatan historias extremas, muchas veces trágicas, que no conviene ver sin varios pañuelos descartables al alcance de la mano. Películas como "La decisión más difícil" (la dura historia de una niña con leucemia), "Mi nombre es Sam" (en el que intentan arrebatarle su hija a un deficiente mental) y "Million Dolar Baby" (que plantea la polémica de la eutanasia) entran más por los lacrimales que por los ojos. Algo similar sucede con las historias de algunos participantes de Gran Hermano y de Cuestión de peso, y también con los invitados al particular programa de Anabella Ascar en Crónica, aunque este caso roza más lo bizarro y lo supuestamente risible.

"Hacelo llorar"
No es que estas historias no se vean en la realidad. Pero, ¿cuándo es emotivo exponerlas y cuándo un golpe bajo? Un tucumano que participó de la gala local de "Soñando por cantar" -y que pidió reserva de su identidad- comentó que antes de subir al escenario, Ideas del Sur le preguntó expresamente: "¿hay alguna tragedia en tu vida?". La intención parece obvia. "Es verdad que los productores van indagando en distintas cosas para saber si tenés algo fuerte para decir, pero para llegar a ese punto tenés que cantar. A mí me preguntaron a qué me dedico, si mi familia vive acá y hace cuanto no los veo", indicó Lourdes Ovejero. Ella contó en el escenario que su padre necesitaba hacerse un bypass gástrico. "Estar ahí arriba es de por sí emocionante, pero ellos lo hacen más porque te dicen cosas como 'tu papá te está viendo', al tiempo que la cámara lo enfoca. La sensibilidad vende", opinó.

Por su parte, Catto Emerich, presentador de "Día por día, señaló que mucho depende del productor. "Conozco productores que ordenan a sus conductores que lloren o hagan llorar al entrevistado. De hecho, cuando estuve en Estudio País, el programa que Juan Alberto Badía conducía en la Televisión Pública, alguna vez se me dijo que buscara la casita más rota y humilde de Tucumán para mostrarla -confesó-. Me negué porque no es mi estilo. Yo soy de lágrima bastante fácil, pero no me gusta exponer situaciones forzadas. Y, cuando lo hago, es porque creo que puede dejar un mensaje de progreso. No es lo mismo ser sensible que dar lástima".