No siempre se tiene conciencia de las propias labores. Las cubren la rutina y la persecución incansable de esos retazos de historias cotidianas que sacuden a la sociedad con mayor o menor impacto. Los periodistas van detrás de ellas con insistencia de sabueso que quiere atrapar a su presa; las juzgan con la precisión del médico cuando da el diagnóstico y las cuentan con el entusiasmo de un niño con juguete nuevo. Los que llevan años en el oficio acumulan las arrugas y el cuero duro de la experiencia. Los que están haciendo la carrera combinan, con vértigo y sin darse cuenta, esa inocencia de chicos y esa seguridad de viejos. Y por fin están los jóvenes, que quieren masticar y saborear cada punto y cada coma de sus trabajos. Así ocurrió con una periodista que se retiraba a casa con sonrisa de alta satisfacción. "¿Contenta porque terminó la tarea?" "No es eso" -respondió-; "es que firmo una nota por primera vez".