Hemos sido conmovidos hace algunos días por la noticia del cruel asesinato de un niño de seis años ahogado en una bañera por su madre, quien ante los medios de comunicación declaró que lo hizo como venganza contra su marido. Otra de sus hijas relató que los hechos se desencadenaron a partir de la las fotografías en las que su madre ve a su ex marido con su nueva mujer. Los rastros del acto asesino quedaron inscriptos en mensajes que la mujer dejó en paredes, espejos, y hasta en la ropa del destinatario, en un cruel mensaje de venganza. La conmoción que este acto asesino "desnaturalizado" provocó en el tejido social nos inducen a plantearnos algunos interrogantes: ¿Qué provoca que una mujer, contrariando lo que la sociedad sacraliza como "natural instinto maternal", asesine a su hijo haciendo de este el objeto de su venganza? ¿Por qué estos asesinatos nos causan horror conmoviendo hasta lo más profundo de nuestro ser? En tanto estos actos asesinos de hijos en manos de sus madres se producen con cierta regularidad en la historia de la humanidad ¿Podemos pensar que más allá de las determinaciones patológicas individuales y de las historias singulares y familiares, revelan algo de la estructura subjetiva de la mujer?

Es en Medea, la tragedia griega de Eurípides, donde está representado este drama humano en tanto su relato viene a presentarnos el conflicto que desencadena la horrible tragedia de una madre que asesina a sus hijos como venganza contra su marido. ¿Qué nos cuenta el drama? Medea vive en Corinto con Jasón, uno de los Argonautas, y los dos hijos de ambos. Ha entregado todo por ayudar a su amado a alcanzar el famoso vellocino de oro: ha traicionado a su padre y a su patria, ha asesinado a su hermano. Pero Jasón un día le anuncia que la deja para casarse con la hija de Creonte, el rey de esa tierra.

Medea queda devastada. Herida en lo más profundo del ser, sufre, llora, clama. Dice: …Todo ha acabado para mí, y habiendo perdido la alegría de vivir, deseo la muerte, amigas, pues el que lo era todo para mí, lo sabéis bien, mi esposo, ha resultado ser el más malvado de los hombres. De todas las criaturas que sentimos y pensamos, nosotras, las mujeres, somos la especie más infeliz. Es el dolor infinito lo que se apodera de Medea. Se sabe infeliz ante la supuesta maldad y el abandono del hombre al que ama.

Jasón apela a la razón de Medea, pero ella rechaza toda palabra y se rinde a la pasión de la venganza. Elige matar no a Jasón sino a lo que él eligió, a los hijos que ama y a su nueva esposa. Medea se desgarra y finalmente sucumbe a la pasión retaliativa:

Una mujer… cuando ve lesionados los derechos de su lecho, no hay otra mente más asesina. Es de todo punto necesario que mueran, y puesto que lo es, los mataré yo que les he dado el ser. Medea prepara una pócima mortal con la que impregna un vestido como regalo que le envía con sus propios hijos a la princesa. Cuando esta se pone el vestido el veneno le quema la carne como un ácido, muriendo la joven entre terribles dolores. Al ver a su hija agonizando su padre la abraza y el vestido se pega también a su cuerpo ocasionándole la muerte. Es un padre el que muere ante la muerte de un hijo. Medea, entonces, asesina con un cuchillo a sus hijos, huyendo de Corinto.

La división
La obra Medea nos plantea el horror de una madre filicida que es contrario al enaltecimiento que la cultura hace del amor materno. La madre soporta cualquier cosa por quienes surgen de sus entrañas y al destruirlos reniega de su propia naturaleza. La tragedia de Medea viene a mostrar en su extremo dramático la división que existe en las mujeres entre su lugar madre y su lugar mujer. Medea, dividida, elige a la mujer en desprecio de la madre que privilegiaría a sus hijos como su mayor bien. Su relación a la mujer arrasa con su posición de madre. Con esta acción en sale de su dolor y entra a un mundo sin palabras que hagan límite al desenfreno pulsional.

El acto de venganza asestado al hombre viene a mostrar ese lado de odio por la afrenta amorosa que a veces una mujer no puede hacer cesar. Con ese gesto ella sacrifica lo que le es más valioso para abrir en el hombre un agujero que permanecerá para siempre sin cerrar, una hendidura por donde infligirle esa herida imposible de suturar.

Lo que la tragedia de Eurípides viene a representar es la profunda división en las mujeres entre madre y mujer. División que puede hacerse inconciliable allí donde una mujer vive un arrasamiento de su ser. El desencadenamiento, el desbarranque, se produce en tanto la elección de otra mujer por parte del hombre es ubicado como una afrenta a su ser. Si asesina a sus hijos es en tanto en ese momento no es madre, y estos se constituyen en sólo objetos que testimonian que el amor de su amado está en otro lado. El horror que provoca en lo social es en tanto se produce una identificación con la desprotección y carencia de un niño frente a una madre toda, absoluta, sin límites, ante la cual el hijo se revela en su condición de puro objeto. La paradoja es que en el asesinato los hijos son desconocidos por la madre en tanto tales, actuando esta en el acto asesino como sólo mujer. Una mujer que se presenta sin límites frente a lo pasional.

© LA GACETA Alfredo Ygel - Psicoanalista, profesor de la Facultad de Psicología de la UNT. Miembro del Grupo de Psicoanálisis de Tucumán

Bibliografía:

- Eurípides: Medea. Editorial Biblos, Argentina, 2007.
- Bentolila, Donna: La mujer como Otra. Jornadas de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. 2004
- Lacan, J: La Significación del Falo, en Lectura Estructuralista de Freud, Siglo Veintiuno editores,1971.