Mentimos por miedo, como un hijo a un padre o un subordinado a un jefe para evitar un castigo; mentimos para agradar o gustar, como un amante inseguro y con autoestima baja; mentimos para sacar ventaja, como un comerciante estafador o un político tramposo; mentimos para no lastimar, como en las llamadas "mentiras piadosas"; mentimos por vergüenza, mentimos por ignorancia, mentimos por maldad, mentimos por diversión y mentimos hasta cuando creemos decir la verdad. Porque cuando contamos la verdad, es apenas y sólo "nuestra" verdad, tamizada por nuestra limitada percepción sensorial, atravesada por nuestra subjetividad como sujetos que somos, adjetivada por nuestra formación cultural e influenciada por nuestros deseos y creencias.

Una regla de oro del periodismo es que una nota debe contar con por lo menos tres fuentes antes de ser publicada, de modo que haya un mínimo cruzamiento de distintas "verdades" que garanticen una aproximación, lo más responsable posible, a la verdad de los hechos. Porque lo cierto es que "la verdad", como entidad constitutiva de una realidad, no existe. La verdad es una elaboración personal y social en base a consensos preestablecidos y en los que, en muchos casos, tampoco estamos todos de acuerdo. Nadie cuenta la misma fiesta al día siguiente: puede ser divertida o aburrida, según el comensal, como tampoco ningún testigo relata el mismo choque, porque cada uno destaca detalles diferentes.

Así se construye un diálogo, una conversación, en base a distintas pequeñas verdades y mentiras, premeditadas o inconscientes. Si somos conscientes de que somos dueños de una pequeña parte de la verdad, nunca más, imposible más, y que es más importante saber escuchar que saber decir, con humildad y entrega, en la familia, en el trabajo, en la calle, así estaremos más cerca de entendernos, más cerca de dar y recibir justicia y equidad.