El hecho de que se haya convertido en una costumbre no significa que sea beneficiosa. Desde hace años, los argentinos hemos incorporado como algo natural los efectos inflacionarios de nuestra economía. Ello trae como consecuencia el deterioro de los salarios, cuyo incremento va siempre por detrás de la inflación. Hay productos de la canasta familiar considerados fundamentales porque tienen que ver con una tradición del consumo, como por ejemplo, la carne vacuna, el pan o la yerba mate.

En estos días asistimos a una suba desmedida de la yerba, cuyo precio, en las últimas semanas, sufrió incrementos que alcanzaron el 100% promedio. Según el relevamiento efectuado por nuestro diario en comercios de nuestra ciudad, un paquete de 500 gramos puede conseguirse a $ 7 y $ 8 en supermercados y a $ 9,50, $ 11,50 o a $ 16, según la marca y la variedad, en varios negocios de barrio. Mientras que el envase de un kilogramo cuesta entre $ 15 y $ 17, en las grandes cadenas, y un 20% más caro en los locales barriales. Según el subdirector provincial de la Dirección de Comercio Interior, ello se debe a ajustes en la venta final, debido a los aumentos observados en la cadena de comercialización mayorista. "Los productores yerbateros quieren equiparar el precio local al internacional, lo que trae aparejado subas en góndolas", dijo. Un sondeo de esa repartición reveló subas de el 70% y el 120% en distintos puntos de la provincia.

Un yerbatero de Misiones dijo hace pocos días que el incremento de precios en el kilo de la yerba mate, en algunos casos, llega a superar los $ 35 y denunció que es una jugada de las cadenas comerciales y la responsabilidad de control es del Estado. Explicó que, de un kilo de yerba que está en la góndola, 250 gramos se lleva el Estado en impuestos, otros 250 van para la cadena comercial, con otros 250 se queda la industria, y el otro restante se distribuye entre los obreros rurales, los productores, los secadores y los intermediarios. "A nosotros sólo nos aporta entre 65 y 70 gramos, no más que eso", dijo el productor, que calificó de "vergüenza" que en Misiones, zona productora de yerba, se venda hasta $ 35 el kilo.

Hace poco más de tres semanas, el kilo de pan francés sufrió un incremento de entre un 17% y un 18%, y también experimentaron subas la carne vacuna, la aviar, así como los lácteos. A ello debemos sumarles las alzas de precios en otros rubros, con motivo de la iniciación del ciclo lectivo en marzo pasado.

La víctima principal de esta cadena inflacionaria es el consumidor, es decir el pueblo. Las otras partes siempre tienen razones para justificar el alza. A diferencia de otros países, donse, cuando sube un producto de consumo importante, los ciudadanos se unen y dejan de comprarlo hasta que el precio descienda, los argentinos no hemos descubierto aún que la llave de todo este proceso la tiene el consumidor, porque tiene la libertad de comprar o no al precio que le piden.

Si bien existen organismos que defienden al consumidor, este no ha tomado aún conciencia de que la unión hace la fuerza. Si un producto no se vende, tarde o temprano tendrá que bajar su costo. El único que puede cuidar su bolsillo y su economía doméstica es el consumidor. Es él quien tiene el verdadero poder: elige o no comprar. De ese modo, se recuperaría tal vez aquella antigua frase: "el cliente siempre tiene la razón" y el ciudadano dejaría de ser la víctima.