"Creo que la semana Santa de 1987 es un quiebre en la historia de la Argentina. Desde 1930 con el golpe que derrocó a Hipólito Yrigoyen por parte de José Uriburu, hay una larga sucesión de golpes que derrocaban gobiernos civiles, o de gobiernos civiles que sufrían planteos militares que influían en sus decisiones. Semana Santa demostró, y esa es su consecuencia más importante, que cuando hay un Gobierno y un pueblo decididos a defender la democracia, no hay fuerza que pueda tumbarlos". Las reflexiones son de Horacio Jaunarena, ministro de Defensa de Raúl Alfonsín cuando el alzamiento carapintada comandado por el entonces coronel Aldo Rico, en las Pascuas de 1987.
La asonada detonó el 15 de abril, cuando el teniente coronel Ernesto Barreiro fue citado a declarar en Córdoba, en una causa por violaciones a los derechos humanos. Pero "Nabo", como lo apodaban, se negó a presentarse ante la Justicia Federal, que quería interrogarlo sobre su responsabilidad en el secuestro y la muerte de un grupo de militantes en el centro clandestino de detención de La Perla.
Barreiro se refugió en el Regimiento 14 de Infantería Aerotransportada (paracaidistas), en La Calera, y recibió el apoyo de militares cordobeses. Al día siguiente, Rico y un grupo de carapintadas se amotinaron en la Escuela de Infantería de Campo de Mayo. Cien horas de tensiones viviría toda la Argentina hasta que la crisis tuvo una solución pacífica el 19 de abril y Alfonsín salió al balcón de la Casa Rosada a decir "Compatriotas, felices pascuas, la casa está en orden, no hay sangre derramada en la Argentina".
En medio, la sociedad argentina se había volcado a las plazas (en Tucumán, los estudiantes hacían vigilia en el Rectorado de la UNT) para repudiar cualquier intento de golpe de Estado.
Días después, Alfonsín envió al Congreso el proyecto de Ley de Obediencia Debida (promulgada el 8 de junio del 87): sólo admitía el procesamiento de quienes se desempeñaban por encima del rango de brigadier, es decir, aquellos que habían impartido órdenes y que habían contado con capacidad operativa para ejecutarlas. Hubo sólo una excepción: era el caso de los delitos de sustitución de estado civil y de sustracción y ocultamiento de menores.
En la entrevista con LA GACETA, Jaunarena niega que esa norma (ya derogada por el Congreso y anulada en sus efectos por la Justicia, al igual que la de Punto Final) haya sido el resultado de una negociación para zanjar la rebelión castrense. A la vez, reivindica el accionar del ex Presidente y sostiene que, de no haber procedido como lo hizo, la historia hablaría hoy o de un Gobierno títere de los militares, o de unas Pascuas bañadas en sangre. - ¿Qué balance hace de los sucesos de 1987? - Cuando tiene lugar el motín militar que comanda Rico, a diferencia de los otros tiempos, cuando se sufrían episodios de estas características y la población miraba con cierta indiferencia la suerte de sus instituciones, esta vez la sociedad reacciona multitudinariamente en apoyo del gobierno de Alfonsín. Y es así en todas las plazas de la república, que congregaban a la gente para manifestar el repudio contra la intentona y el apoyo al Gobierno constitucional, que no era cosa sino el apoyo a democracia. Esto es lo novedoso: la reacción popular y una gestión que estaba dispuesto a defender con uñas y con dientes, precisamente, su capacidad de elegir y de resolver libremente lo que estaba sucediendo. Rico se rinde, porque no tiene el apoyo del Ejército. Si bien es cierto que nosotros teníamos dificultades para reprimir, porque la gente de las fuerzas no querían tirar contra sus camaradas, también es cierto que Rico no tiene el apoyo que él creía que iba a lograr. Ante la falta de apoyo de los militares y ante la reacción popular tan enorme, Rico se rinde y se consolida la democracia participativa. Pero si bien Rico se rinde militarmente, lo que no queda destruido es su sistema de inteligencia. Y la inteligencia carapintada instala la idea de que el gobierno de Alfonsín había negociado y que como consecuencia de ello se había sancionado la Ley de Obediencia Debida. No se había advertido que la administración de Alfonsín, 20 días antes de la asonada, ya había anunciado la voluntad oficial de sancionar esta ley. No es un invento mío: está en los diarios de la época. Clarín recoge el debate a partir de un discurso en el cual Alfonsín anuncia esto, en Córdoba.
- Aun así, para una porción importante de los argentinos, la Ley de Obediencia Debida va a ser el resultado de la asonada militar...
- Es que la gente, que estaba acostumbrada a que los intentos de golpes militares terminaran con una negociación con el Gobierno o con una imposición por parte de las Fuerzas Armadas, creyó en este verdadero rumor histórico y que efectivamente había tenido lugar una negociación, cosa que era absolutamente falsa. Y esta era, además, una especie que también apoyaban y difundían dos sectores. Por un lado, la extrema derecha, que no toleraba que el pueblo se diera cuenta que es el protagonista de su propio destino y que nadie lo puede torcer. Y, por otro lado, la extrema izquierda, que en su momento había peleado con las armas y había cometido infinidades de crímenes en la Argentina durante la década del 70. La extrema izquierda quería justificar de este modo su manera de encarar la violencia, porque sostenía que la única forma de derrotar a los militares era mediante el asesinato y la violencia. La Ley de Obediencia Debida era lo que había prometido Alfonsín durante su campaña electoral. En esa campaña había dos posturas. La del peronismo, que llevaba como candidato a Presidente a Italo Luder, que sostenía la validez de la amnistía que habían dictado los militares; y la de la UCR, que sostenía la necesidad de enjuiciar a los que habían llevado adelante la represión ilegal en la Argentina. Triunfó el radicalismo, se llevó adelante el juzgamiento, las Juntas fueron condenadas. Y el peronismo, consecuente con lo que Luder había anunciado en la campaña, cuando llega Carlos Menem al Gobierno, impulsa la Ley de Amnistía, que todo el mundo conoce y que fue apoyada sin reservas por la enorme mayoría del peronismo, mediante sus parlamentarios y sus gobernadores.
- Las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida han sido severamente cuestionadas, hasta el punto de ser agrupadas bajo el nombre de "Leyes de la Impunidad". ¿Eran tan "indispensables", como se dijo entonces?
- Eran indispensables. Le reitero. En el 83 se enfrentaron en las urnas dos posturas. La de quienes querían validar la amnistía militar y la de quienes querían juzgar a los responsables de las violaciones contra los Derechos Humanos. El radicalismo consiguió entonces el 51% de los votos, contra el 40% del PJ. Y Alfonsín no hizo más que cumplir con su compromiso de campaña. Es sugestivo, entonces, que entre los votos de ambas fuerzas, más del 90% de los argentinos de aquel momento no viera que era posible otra más cosa más que esas dos opciones. Por supuesto que a la luz de los hechos de este tiempo, esas leyes no tienen explicación. Pero por alguna razón, a nadie, y mucho menos al peronismo, se le ocurrió que otra cosa era posible. Por eso, me parece que analizar los hechos del 83 con la perspectiva de 2012 es un gran error histórico, y en cierto modo también una hipocresía. Antes de que Alfonsín llevara a las Juntas a los estrados judiciales, no había en el mundo un gobierno que con la sola fuerza de la democracia hubiera podido juzgar a los responsables de las violaciones de los derechos humanos. Así que en todo análisis sobre lo que ocurrió hace 25 años hay que incluir la situación en la que se encontraba el mundo y también la Argentina. Y que posición tenía cada uno de los principales referentes políticos.
- Cuando se cumplieron 10 años del alzamiento carapintada, dirigentes como Graciela Fernández Meijide manifestaron que Alfonsin, luego de encontrarse con Rico y de cruzarse con Gustavo Breide Obeid (ex integrante del estado mayor del riquismo), resolvió actuar por cuenta propia y sin consultar a nadie...
- La Ley de Obediencia de Vida, le digo, ya había sido resuelta antes y está en los diarios. No es un invento a posteriori del motín militar. Alfonsín recibe la rendición de Rico y de sus camaradas levantados en armas. Y cuando se cruza con Breide Obeid, lo escucha: Breide Obeid le cuenta que ellos habían sido los protagonista de Malvinas, y que habían sido traicionados y traídos a escondidas al continente por parte de las cúpulas militares tras la Guerra de 1982. Además, le relata los hechos y los actos que llevaron adelante durante el conflicto. Y Alfonsín, que ahora está hablando de los héroes de Malvinas, dice justamente eso: que ha estado con militares que se habían equivocado, y que algunos son héroes de Malvinas. O sea que intenta que la gente contemple con mayor equidad, con mayor justicia, lo que muchos de nuestros soldados habían hecho durante la Guerra de Malvinas.
- También hay lugar común en la opinión pública, referido a que Alfonsín debió decirle al pueblo, que estaba en la calle apoyándolo, qué estaba pasando. ¿Analizaron ese cuestionamiento?
- Es muy fácil cazar leones en el zoológico. Y los que dicen eso, razonan con la mentalidad de hoy y no con la de la circunstancia de los tiempos en que se debía gobernar. Es muy fácil hablar ahora. Pero muchos de los que hablan hoy, en aquel entonces no hablaban de los desaparecidos ni se molestaban en mencionarlos. Muchos de los que hablan ahora, aplaudieron la amnistía que le dio Menem a los militares, y antes apoyaron a Luder y su propuesta en ese sentido. Personalmente, me da pena la incongruencia de esa gente, y que usen el sentimiento profundo y legítimo de quienes han sufrido las violaciones de los derechos humanos y la tortura, o de quienes han perdido familiares entonces. Descontextualizar es una manera de falsificar la historia, que entonces se convierte en una historia que no sirve como enseñanza. Hay que contar los hechos documentadamente, como, modestamente, lo estoy haciendo yo.
- Otro análisis repetido es que, después del 87, comenzó el fin de Alfonsín, que ya no volvió a ganar en las urnas...
- Se siguen poniendo las cosas fuera de contexto. La caída del gobierno de Alfonsín, y la pérdida del apoyo popular, se deben a que se estaba viviendo una situación económica gravísima e imposible de ignorar. Se lo contrasto de otra manera: en el año en que Fernando de la Rúa gana elecciones presidenciales (1999), (la Alianza) lleva en Buenos Aires una boleta con varias categorías. En una, aparece De la Rúa. En la otra, como candidata a gobernadora, está Fernández Meijide, una histórica dirigente de los Derechos Humanos. Y en una tercera categoría, la de Diputados Nacionales, a la cabeza estoy yo: el ministro de la Ley de Obediencia Debida. Y esa lista que encabezo, que logró más de 200.000 sufragios, sacó más votos que Fernández Meijide. Entonces, decir que es por los sucesos de las Pascuas de 1987 comienza el declive del Gobierno de Alfonsín es incurrir en lecturas tergiversadas.
- ¿Qué democracia tendría hoy la Argentina si los hechos de 1987 hubieran sido distintos?
- En el 87 pudieron pasar muchas cosas. Si el Presidente claudicaba y cedía a los amotinados, hubiéramos perdido el gobierno o la capacidad de gobernar: hubiésemos pasado a ser gobernados por sediciosos. Otra posibilidad habría consistido en instar al pueblo a avanzar sobre la Escuela de Infantería. En ese caso, la historia hablaría de 600 muertos y de un baño de sangre. La tercera opción es lo que hicimos: rendición sin derramamiento de sangre. Por eso Alfonsín dice en el balcón "La casa está en orden y no hay sangre derramada en la Argentina". Esa es la frase completa, en un país que venía de desapariciones y torturas.