Existe una virtud sin la cual todas las demás son inútiles. Esa virtud es, según Stevenson, el encanto. Esta semana (la más santa, lúgubre y misteriosa de toda la cristiandad) tiene ese encanto del que hablaba el autor de "La isla del tesoro". Un encanto que contiene a todos los demás. No sólo por sus implicancias para la fe, sino también por su simbología. Y para comprenderla es preciso extraer de los textos sagrados que se leen en los templos pero que no siempre se escuchan, aquellos elementos que nos emocionarían si los leyéramos en alguna obra de Shakespeare o de cualquier autor que narre la vida de un gran hombre.
La historia de la Pasión (que hoy se revivirá en los templos y en las calles de Tucumán) es bien conocida. Comienza con un pasaje casi irónico: unos simples hombres llegan a la gran ciudad en compañía de su maestro, aclamado por una multitud que pronto lo abucheará. Tras una cena frugal el maestro es puesto a prueba en un jardín de olivos. Marguerite Yourcenar describe este momento de manera conmovedora. Dice: "
el maestro tiene oscuros presagios de muerte y reza para que le eviten la esperada prueba. Sin embargo sabe que no puede ser así
". Y mientras él sufre, sus amigos duermen. El maestro se queja: "¿no pueden velar por mí ni siquiera un momento?". Y no, no pueden. Tienen demasiado sueño, y el que los llama no ignora que llegará el tiempo en que aquellos desgraciados deberán también sufrir y velar. La trama adquiere tensión con el arresto del maestro después del beso de uno de sus seguidores; una escena que se repite hoy, cada vez que los funcionarios legislan pensando en sus propios intereses (¿qué es la ordenanza que modifica el código de planeamiento urbano sino una traición al bienestar de los vecinos?). Así, el maestro es llevado ante las autoridades. Pero las dos instituciones, la eclesiástica y la política, incómodas ambas, se pasan el reo una a la otra. Hasta que interviene un poderoso funcionario que, ya harto, decide lavarse las manos en el asunto, como sucede hoy cuando el Estado abandona a su suerte a esos niños que piden unas monedas en los semáforos tucumanos. Aún sabiendo que el maestro es inocente, el funcionario deja elegir a la multitud el preso que va a liberar durante la fiesta. El populacho escoge, por supuesto, al verdadero criminal y no al protagonista de la historia. Se sabe: las masas no piensan. El maestro es insultado, golpeado, atormentado y ultrajado por una multitud compuesta tal vez por buenos padres de familia, buenos vecinos, buenas personas. Más tarde, el maestro es obligado a cargar con el madero del suplicio, igual que en la última dictadura militar los desaparecidos arrastraban una pala para cavar su fosa. Ya en la cruz, sobreviene la tortura final y una certeza: para alcanzar la paz, hay que pasar antes por la desesperación. Finalmente llega la muerte y también el abandono de los seguidores. Sólo quedan la angustia y el silencio, los mismos sentires que embargan a los jubilados tucumanos cada vez que cobran sus magros salarios mientras ven por televisión cómo legisladores y funcionarios se aumentan sus propias dietas sin ningún escrúpulo. ¿Y qué más? "
Los días, las semanas, los meses, transcurren entre el duelo y el recuerdo, entre el fantasma y Dios, en aquella atmósfera crepuscular por donde pasa la corriente de lo inexplicable. Una mujer, que acude al cementerio para rezar y llorar, cree ver en un jardinero el rostro de su maestro. Una de las historias más hermosas del mundo concluye con los reflejos de esta presencia"
, relata Yourcenar. "Yo me sentiría más cerca de Jesús si no lo hubieran crucificado", me dijo una vez mi nona, que sufrió los rigores de la guerra en Austria. Por ella, y por todos los que aspiran a descubrir lo esencial por sobre lo accesorio y superficial es que me atreví a compartir estos desvaríos.