Noche mágica. No, este no es el título de un bolero de Agustín Lara. Es quizá la que disfrutaron quienes asistieron al Concierto Sinfónico que brindó la Orquesta Estable de la Provincia junto a los dos solistas invitados. Se podrían utilizar decenas de calificativos para describir la labor del cuerpo, que ejecutó el repertorio con pasión y precisión.
Con unos minutos de retraso aparecieron sobre el escenario del teatro San Martín dos de los tres protagonistas excluyentes que tuvo la velada. Y la colmada sala los recibió con los aplausos, que se reiterarían hasta el final del concierto.
El contraste entre ambos era muy marcado. Por un lado, el aplomo del maestro Jeff Manookian, director de la Orquesta, y por el otro, la juventud del pianista Javier Villegas, quien con innegable timidez trocó esos aplausos por sonrisas antes de comenzar su interpretación.
Y llegó el momento esperado. Las manos del director se alzaron y comenzaron a dibujar en el aire. La respuesta de los músicos fueron los primeros compases del Concierto para la mano izquierda que Maurice Ravel comenzó a escribir en 1929 para concluir un año más tarde.
Sentado al piano, con los ojos cerrados y su diestra sobre la banqueta, Villegas seguía la melodía con movimientos sincronizados de la cabeza. Mientras que el pie derecho ya acariciaba el pedal, que se convertiría en su aliado. La mano izquierda comenzó a desandar el camino de una obra excepcional, que Ravel creó para intérpretes de similar nivel.
El solista sanjuanino navegó en un medio que conoce a la perfección. Su mano recorrió el teclado, extrayéndole sonidos que en todo momento dieron una impresión: eran dos las manos que lo tocaban. La timidez inicial cedió ante la aparición del virtuosismo y la pasión con la que llevó adelante la ejecución.
La ensortijada cabellera seguía el movimiento del joven Villegas, quien con la diestra en la banqueta procuraba mantener un equilibrio forzado cuando el pie derecho accionaba el pedal y la mano izquierda daba rienda suelta a un festín musical.
Tras la apertura, la aparición de los distintos instrumentos en el Concierto de la mano izquierda "obliga" al ejecutante a que el piano suene como si fueran dos las manos. Es un engorroso camino sonoro que el artista recorrió con facilidad y ductilidad.
Con compases que dejan entrever cierto parentesco lejano con la música de George Gershwin la melodía da paso al lucimiento de la Orquesta y el oyente se prepara a premiar su labor ímproba. De pie, con la misma mano que momentos antes recorrió nerviosamente el teclado apoyada en el piano, Villegas agradeció los aplausos y vítores. Debió volver al escenario, ya que los aplausos se prolongaron en el tiempo, lo que también ocurriría más tarde con la actuación del músico italiano y el cierre a cargo de la Orquesta Estable.
Otra historia
El oboísta Gianfranco Bortolato ejecutó las fantasías sobre las arias más conocidas de clásicos de obras como "La Traviata" y "Rigoletto". Entre ambas, el integrante de La Scala de Roma -haciendo gala de un perfecto español- abogó porque los gobiernos en épocas de crisis nunca cercenen los presupuestos destinados a la cultura.
Musicalmente lo suyo fue sencillamente impecable. La dulzura del instrumento y su depurada técnica cautivaron a los espectadores. Otro tanto ocurrió con el cierre del concierto, organizado de manera conjunta por el Ente Cultural y por el Instituto Italiano de Cultura del Consulado General de Italia en Córdoba. La Orquesta Estable y su conductor se quedaron con los aplausos, que pusieron fin a una cálida noche de otoño que será difícil de olvidar.