Hace 20 años, el dolor sacudió una buena parte del mundo. "Grave atentado terrorista en la embajada de Israel", tituló al día siguiente LA GACETA la crónica de su tapa y el sumario agregaba: Una poderosa explosión derrumbó su sede, provocando la muerte de por lo menos 6 personas y 130 heridos. Sembró el terror en un amplio radio del Barrio Norte y causó daños a edificios cercanos. Panorama desolador. Restos humanos, cadáveres mutilados, automóviles en llamas, escombros diseminados y árboles desfoliados". A las 14.45 del martes 17 de marzo de 1992, una camioneta Ford F-100 explotó frente a las puertas de la sede diplomática, ubicada en la esquina de Arroyo y Suipacha, desatando una tragedia. En un recuadro en la parte superior de nuestra portada, el primer ministro Yitzhak Shamir expresaba: "Este es otro intento de golpearnos, de continuar la guerra de terror contra nosotros", mientras en otro despiece, el presidente Carlos Menem responsabilizaba del atentado a "grupos fundamentalistas de la Argentina y de afuera".
El atentado que finalmente dejó un saldo de 29 muertos y más de 100 heridos, era posiblemente un anticipo de lo que sobrevendría dos años después, con la destrucción de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA). El trágico hecho de la embajada puso en evidencia la falta de preparación de la Corte Suprema de Justicia para llevar adelante con eficacia la investigación de un delito terrorista. El tribunal dilapidó tiempo y se extravió en hipótesis incongruentes. Durante los tres primeros años que continuaron al luctuoso episodio, no hubo avances de importancia en la investigación, en una buena medida por dilación judicial y por la falta de cooperación del gobierno menemista para que se investigara. Según manifestó el máximo tribunal en los años siguientes, el gobierno de Irán fue el responsable político del ataque y su coordinador el líder de la agrupación Hezbollah Imad Falles Moughnieh.
En 2008, al conmemorarse 16 años del atentado, el ministro de Justicia y Seguridad, Aníbal Fernández, dijo: "Los atentados en Buenos Aires no fueron contra Israel ni siquiera ataques antisemitas, fueron atentados contra la República Argentina y así lo sentimos los argentinos". Mientras un familiar de las víctimas destacó la buena predisposición de la Corte y criticó al "nefasto gobierno menemista y al inoperante gobierno de la Alianza". El entonces vicepresidente de la DAIA habló de la desazón por la falta de esclarecimiento del atentado y agregó: "Quedó demostrado que la gente no olvida y que el tiempo no nos desgasta".
Han transcurrido dos décadas y no hay ningún detenido. En contrapartida, a sólo tres días del atentado terrorista del 11 de marzo de 2004, en la estación española de Atocha, ya se conocía a los autores. Ello demuestra que, en otros países, la Justicia es en verdad un poder independiente que está al servicio de la comunidad y no de los gobiernos de turno. Desafortunadamente, los argentinos nos hemos acostumbrado a lo largo de nuestra historia a que muchos crímenes hayan quedado sin sanción.
Los responsables de la destrucción y muerte de los ataques a la embajada de Israel y a la AMIA prosiguen impunes. Las heridas abiertas nunca pueden cerrarse con el olvido ni por decreto; sólo pueden cicatrizar con la verdad, con la justicia. Y cuando ello ocurre, puede sobrevenir entonces la paz y la reconciliación.