Un nuevo culebrón ganó espacio en la televisión argentina; no es para nada romántico, todo lo contrario. Una mujer y un hombre, poderosos ambos, se enfrentan por el manejo de los subtes. Se denuncian, se acusan, se chicanean, pero jamás se miran a la cara. No dialogan entre ellos, lo hacen a través de la pantalla chica, cual niños que se envían mensajes a través del amigo, pese a estar próximos. Ella lo degrada, le dice adolescente, caprichoso, desubicado. El, casi renegando de ser gentil, sostiene que dice falsedades -no la acusa de "mentirosa"-, que engaña al pueblo y que rechaza recibirlo. Los actores secundarios le echan leña al fuego, lo atizan, no tratan de serenar los ánimos. Son fanáticos que hallan sólo la razón al líder de su bando. En ese clima no parece que en algún futuro capítulo él y ella vayan a aparecer fumando la pipa de la paz y acordando por las buenas lo que tienen que arreglar. En fin, si los que deben conducir no lo hacen, este tipo de culebrones nunca van a tener un final feliz. No habrá romances, sólo tragedias.