La desaprobación de un sector del Monumental, sumado a los aplausos de varios costados del "José Fierro" reconociendo la cacería de un Instituto notable, transcriben un presente tan claro como el agua en Atlético. La gente está con bronca y la culpa llueve como meteoritos de plomo sobre la espalda de un plantel que supo enfiestar a su gente. Este Atlético no es ni la sombra de aquel cuyo brindis en 2011 fue ir por el todo o nada en la segunda parte de la temporada.
Al todo, desde lejos lo ve. Y con nada, en cambio, el "decano" convive aislado de su propia realidad. El equipo se perdió a mitad de camino y hoy lo padece como hereje arrepentido de no creer en un ser superior el día del juicio final. No sabe para dónde correr y se le nota horrores en la cancha, donde casi siempre se resalta lo malo de la historia cuando te volvés al vestuario con un 0-4 redondito.
La "gloria" tuvo piedad en demasía. Hizo culto al respeto por un adversario al que le dio sus minutos de vida. Si entraba ese misil recto de Iuvalé desviado por Martínez, que murió en un gouuu, culpa de Chiarini y el travesaño, otro hubiese sido el relato. No lo fue y el rival se calzó el traje que mejor le cabe, el del Nº 1 de la divisional. Lo demostró con creces y pagó con honores su efectividad. Por algo lleva 18 sin perder, ¿no?
La clave de la riqueza del invitado nace en la cabeza de sus 11 hombres. Cada uno sabe dónde poner la bocha, cómo burlar una mansa marca enemiga y luego hacer el 2 x 1 sin despeinarse. Instituto fue un reloj suizo de los caros. De esos que valen otro. Le das un centímetro y te duerme.
Atlético pecó de infantil. Córner al primer palo, Lagos entra como Diego a su casa, cabezazo y adentro. Error conceptual de ligas menores. Al rato, un despeje al medio terminó en un golazo a colocar del atrevido Dybala. 2-0. Para peor, Fondacaro vio la roja y después llegaron la emboquillada de Fileppi (una maravilla) y la sentencia de López Macri. 4 a 0. Palo y a la bolsa y a pensar en otra cosa para Atlético. ¿En el ascenso? Difícil, difícil.