El Diccionario de la Real Academia Española lo define como "hechicero al que se supone dotado de poderes sobrenaturales para sanar a los enfermos, adivinar, invocar a los espíritus, etc". Chamán proviene del idioma tungu, de Siberia, xaman o schaman, este último del verbo scha, saber. Los chamanes tenían la facultad de curar el cuerpo y el alma de las personas, y de comunicarse con los espíritus. Todas las comunidades primitivas tenían uno, y aún hoy, cuando la ciencia y la tecnología acercan soluciones rápidas y comprobables, el chamanismo sigue ofreciendo una alternativa para los que buscan una respuesta puramente natural, con una dosis de magia o, como le llaman ahora, de energía cósmica.

"La misión del chamán es ser intermediario entre Dios y el hombre", explica María Eugenia Zurita, titular de la cátedra libre de Pueblos Originarios de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT. Esta cátedra es codirigida junto a Olga Sulca y conformada por las cátedras de Prehistoria y de Antropología Social y Cultural de la Facultad de Filosofía y Letras, el grupo Fogón Andino y la fundación Andhes.

"El chamán cura con lo que hoy llamamos medicina alternativa, pero también se comunica con lo alto, con dios y con las deidades. Hace viajes virtuales o mágicos con la ayuda de determinadas hierbas y hongos alucinógenos. Lleva los mensajes con las necesidades de su comunidad y regresa con soluciones. Prepara distintos remedios que pueden ser para el alma o para el cuerpo. Y por supuesto, oficia rituales con elementos naturales como el agua, la tierra y minerales, como las piedras sagradas", detalla.

Los chamanes fueron requeridos para mejorar las cosechas, curar enfermedades, hacer que llueva cuando había sequía... Pero también hoy existen. "El universo chamánico sigue vivo en el mundo, especialmente en América Latina -apuntó Zurita-. Yo presencié una ceremonia en Francia, celebrada por un campesino".