Confieso que a veces se extraña: despierta un poco de nostalgia recordar esas batallas campales a la siesta en la cuadra. Varones contra mujeres armados de las más coloridas granadas de agua. Vestidos con las peores ropas de fajina porque el resultado siempre era incierto. Se diseñaban estrategias (por dónde sorprenderlos, cómo dividirse para el ataque), se firmaban acuerdos en el aire ("no se puede invadir la casa de al lado ni trepar por la tapias y menos que menos se permiten las ?manzanitas?") y se sellaba la paz con un licuado de banana en la casa de los perdedores. Durante la semana juntábamos el botín en agotadoras jornadas de truco y loba: la apuesta eran esos globitos multicolores. Además, se fijaba el día y la hora de la contienda.
Imagino que cada uno, según la década, recordará el carnaval de diferente manera. Pero seguro que en algo coincidimos: era a bombuchazo limpio. Salir a la vereda con un balde repleto a esperar que desfilen los "blancos" también era la ocasión perfecta para presumir (nada mejor que acercarse al otro con la excusa en forma de bombucha). Todo eso formaba parte de la rutina durante varias semanas, hasta que de a poco se iba agotando el tiempo de salir a mojar.
Había un par de habilidosos que eran muy respetados en el grupo: los que sabían armar las manzanitas bien duras -y con "hijitos"- y los que tenían muy buena puntería. Siempre dentro de los márgenes de lo divertido, de lo sano.
Hoy es muy raro encontrar chicos correteando con bombuchas en la mano. Quizás la "carnavaleada" esté pasada de moda y mojarse sea prehistórico. En algún momento iba a suceder. Los que lo disfrutamos sanamente libramos batallas que tuvieron la capacidad de forjar amistades y recuerdos entrañables.