Tendemos a pensar que los seres humanos que piden consejos, opiniones o someten proyectos a consultas manifiestan un signo de debilidad al hacerlo. El poder embruja velozmente y hace creer que son nuestras ideas brillantes las que nos catapultan gloriosamente hacia el éxito y la felicidad, y no una serie de complejos factores que interactúan. Y si además hay actitud y mucho trabajo en nuestra actividad nos transformamos en imbatibles, tremendamente necesarios, requeridos, aplaudidos, deseados, y casi siempre imprescindibles. La teoría de la Gestalt sostiene -y perdón por la digresión- que el todo no es igual a la suma de las partes, que un grupo de personas reunido al azar no obtendrá los mismos resultados que otro grupo de personas reunido al azar. Que once jugadores no son iguales a otros once jugadores aunque ambos sumen once. Que dos padres no son iguales a cuatro tíos o que tres amores no son la mitad de seis.

El poder sin consenso siempre es menos poderoso que la debilidad acordada. Un maestro que consulta a sus alumnos recibe cariño y más orejas que lo atiendan y sigan. Un jefe que contrasta sus decisiones con sus subordinados acumula autoridad y respeto. ¿Acaso un líder no es alguien que escucha y representa?

Muchas empresas quebraron con el garrote en la mano. Decenas de gobiernos con galpones repletos de balas cayeron como barriletes que se sueltan de la mano. Las personas autoritarias o soberbias son consideradas por la psiquiatría inseguras, inestables, impredecibles, débiles y confundidas como un perro que ha tenido pesadillas y se despierta ladrando.

No es casual que en los gobiernos veamos a menudo gente que no escucha críticas y disensos. Ocurre lo mismo en instituciones públicas y privadas, en pequeñas y grandes empresas y en cualquier organización donde se dispute y se ejerza algún poder, porque es justamente ese poder el que nos marea.

Es público que el gobernador Alperovich casi no realiza reuniones de gabinete y que a las decisiones más importantes las toma en la soledad de su casa. Aún si fuera un genio iluminado -y no está probado que este sea el caso- es imposible que una sola persona sea capaz de entender en profundidad los numerosos y complejos problemas que afectan a una sociedad, por cierto, cada vez más complicada. Ni siquiera un gabinete funcionando a pleno está en condiciones de analizar con rango científico todos los aspectos que hacen a la vida y a la organización de los seres humanos.

Confunden a menudo administrar, coordinar y gestionar con ser hacedores y dueños de la realidad. No se consulta a especialistas de distintas áreas reconocidos internacionalmente porque no son del mismo partido o porque plantean desacuerdos y otras miradas. Algunas veces, la medida que más le conviene a la sociedad es la que menos favorece al gobierno porque le hace pagar un alto costo político. Y este es un sello registrado de esta gestión: aunque se equivoque no da marcha atrás si es que eso afecta su imagen o lo muestra débil.

Alperovich prefiere rodearse de aduladores que le lleven buenas noticias y que le lean "El diario de Yrigoyen", antes que escuchar a mentes brillantes que quizás puedan contradecirlo. Ejemplos sobran y falta espacio para enumerarlos.

La ley de 4M, para el caso, es un mamarracho que no se revierte a causa de este cóctel nocivo de soberbia más aduladores que informan lo que el gobernador quiere oir. De un plumazo se acabó con una de las mejores noches del país y se consiguió que todo lo que pase después de las 4 sea ilegal. Un turista se queda sin música, teatro, bares ni restaurantes a las 2 o antes -hora en que empiezan a cerrar las cocinas- pero los prostíbulos y las salas de juego abren las 24 horas y muy bien custodiados por nuestra Policía.