Ralf Waldo Emerson (1803-1882) escribió que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Estos espíritus despiertan cuando el lector los llama, es decir, cuando abre un libro. Jorge Luis Borges, en consecuencia, aseguraba que el libro es más que una cosa en el espacio: es un acto en el tiempo. Por esa razón cada lectura difiere de las anteriores. Así, Dante Alighieri habló del cuádruple sentido de "La divina comedia"; y Escoto Erígena entendía que cada versículo de la Biblia es capaz de generar interpretaciones tan variadas "como el tornasolado plumaje del pavo real".

Todo libro puede ser, entonces, muchos libros. Y, por consiguiente, la lectura es un trampolín hacia insospechados universos. ¿Por qué vale la pena recordar esto? Porque en los últimos tiempos el hábito de la lectura ha ido languideciendo hasta alcanzar niveles alarmantemente bajos. Sobre todo entre los estudiantes tucumanos. ¿Exageración? No tanto. Según el último Operativo Nacional de Evaluación (ONE) del Ministerio de Educación de la Nación, quedó absolutamente probado que el rendimiento entre los chicos que tienen una biblioteca en sus casas y la usan -esto es clave-, resulta notoriamente superior al de los que carecen de ella. En Matemática, por ejemplo, el 29% de los que tiene a su alcance más de 100 libros pudo conseguir alto rendimiento y sólo el 4% llegó a esa calificación entre los que tienen menos de 10 libros. Algo similar sucedió con Lengua, Historia y Ciencias Sociales. La prueba se hizo entre 278.000 alumnos de quinto año de todo el país y reveló, además, que a la inmensa mayoría les cuesta entender e interpretar un texto básico, incluso aquellos escritos que solían ser usados en la escuela primaria en décadas pasadas. Esto quiere decir que los estudiantes secundarios tienen hoy menos comprensión que los estudiantes de los años 70 u 80. Otra conclusión: los que leen se concentran más y se destacan en todas las materias. Así pues, la lectura no sólo ayuda a pensar sino que vuelve al hombre un ser completo en toda la extensión de la palabra. Lo dice Francis Bacon, para quien la lectura es la herramienta más perfecta de la educación.

El relevamiento permite vislumbrar además algunas advertencias. La primera es que cualquier tipo de libro (no necesariamente uno especializado en alguna materia) es igualmente beneficioso. Eso significa que la lectura como placer y no como imposición genera formidables resultados. No importa si se trata de la saga de Harry Potter o de "El quijote de la mancha"; de un clásico criollo como el "Martín Fierro" o un clásico inglés como "Oliver Twist", de Charles Dickens, autor del que -dicho sea de paso- se cumplieron ayer 200 años de su nacimiento. Y aquí viene la segunda advertencia: leer en internet no produce los mismos efectos. Vaya a saber por qué razón -los expertos la tendrán seguramente- el libro impreso (ese que se puede tocar, oler y cargar para ser disfrutado hasta en el baño), multiplica la imaginación en proporciones que la tablet no puede conseguir. Por esa razón, leer debería dejar de ser entonces una actividad tan despreciada. Por el contrario, sería muy positivo que así como se rescatan viejos hábitos saludables (como el campamentismo o el ciclismo), también se vuelva al hábito de la lectura. Sigamos el consejo de algunos ilustres pensadores que nos legaron frases como estas: "lee y conducirás, no leas y serás conducido" (Santa Teresa de Jesús); "donde no hay libros hace frío. Un frío de cataclismo, un páramo de amnesia (María Elena Walsh) o "un país cuyos habitantes no leen es más suceptible al engaño" (Fermín Bocos, periodista español). Entonces ¡a leer!!!, que se nos va el futuro.