Obdulio era un gaucho diestro para el lazo y todas las cosas del campo tucumano de entonces.
Pero su saber se limitaba a lo que su experiencia del monte, de unos pocos cultivos y algo de ganado que le aportaron cierto conocimiento en sus tiempos mozos.
Visitaba poco la ciudad. La última vez fue un 24 de Septiembre, unos años atrás, aproximadamente en 1860. Fue en aquella oportunidad que viajó con su familia en un breque destartalado durante dos días para cumplir una promesa dominguera a la Virgen de la Merced, después de arreglar a medias una rueda empecinada en salirse del buje.
Por esas épocas no era costumbre desplazarse del terruño así nomás, lejos de donde la naturaleza asentaba al cristiano, de ninguna manera; no como ahora que, en cambio, puede ir cualquiera en un rato hasta Monteros, si quiere. A decir verdad tampoco era sencillo porque en el siglo pasado no había ni caminos siquiera? hasta que llegó el ferrocarril, no hace mucho.
La inminencia de su arribo espectacular ya se había anunciado en la localidad de Los Adversarios con el colapso de los montes, que caían para la construcción de las vías ante los pies del asombrado Obdulio.
Él se maravillaba con las obras, que avanzaban bajo el apremio enérgico de los gringos en un idioma apenas interpretado por los capataces, más comprendido por señas que por lo escuchado.
El campo arrasado por las maquinarias que montaban los durmientes exhibía un enjambre de operarios, atornillando rieles enormes que armaban las vías en una sincronización laboral desconocida.
Impresionado por la velocidad del montaje, observando boquiabierto tanto metal, trataba infructuosamente de calcular la inmensidad de clavos que se podrían hacer con un solo riel.
Siendo la persona de mayor relevancia de esa despoblada zona, Obdulio se sentía obligado -y a la vez gustoso- de observar el avance de las obras. Se identificaba con el avance industrioso de la empresa inglesa que lo tenía de espectador y que, luego, lo recibiría como primer pasajero.
Era un despliegue de tecnología inimaginable para su persona. Apenas se había ilustrado con generalidades vagas, más un conocimiento de la mecánica que se limitaba al arreglo de fallas menores del andamiaje de su carruaje y sus cojines, y sanseacabó.
Cuando llegó por fin el viaje inaugural su estima se fue a las nubes: no era poca cosa acercarse a la ciudad de San Miguel llegando en el naciente ferrocarril nada menos que a visitar a Julián, su primo funcionario en el gobierno?!
Su mayor asombro despertó inesperadamente al momento del arribo cuando su pariente, atendiendo a su sangre con honores en el decorado despacho de gobierno, le ofreció el cargo de Juez de Paz en sus lares. La función ofrecida debía ser cubierta en razón de la necesidad de su ahora despertado paraje rural.
No cabía del orgullo ante tamaña distinción. Sin detenerse un instante a conocer el alcance de las obligaciones que asumiría, regresó presuroso a su campo por idéntica vía, ansiando comunicar a sus vecinos tan honorífica designación.
Asumió su novel empleo el mismo día en que llegó. Ni esperó las notificaciones formales. Naturalmente, debutó "ipso facto" vestido, encantado, con la levita impecable que compró para la ocasión, apenas hubo aceptado semejante propuesta de su pariente.
Comenzó de inmediato las labores de su flamante misión, instalado en un rancho de adobe enfrente de lo que sería la futura estación.
Los temas a tratar por Usía eran de índole variado: un cerdo consumidor de cierto maizal propiedad de un vecino distraído, el límite incierto de una propiedad menor, alguna denuncia por la embriaguez aguardentosa de un gaucho respondida con violencia por otro, un par de casos de lujuria, la desaparición de una montura (fácilmente ubicable), unas cuantas gallinas supuestamente tragadas por la tierra y otras cosas penales menores que aparecían de la nada para resolución de la majestad de la Justicia administrada por Obdulio. Descubría litigios y conductas vecinales desconocidas.
Mientras, no dejaba de admirar vivamente al ferrocarril, particularmente a su telégrafo. Lo apreciaba como la nueva maravilla del mundo de las comunicaciones; mediando un gringo poco avezado vapuleaba día a día el aparato con intercambios de notas con sus superiores, las más de las veces ininteligibles. Estaba convencido de que abordaba una nueva cosmovisión tecnológica? que utilizaba en forma confusa. No parecía una virtud de Obdulio reconocer limitaciones o la precariedad de su conocimiento.
Entre tanto ir y venir de cables, pues, ocurrió lo esperable: en aquella oportunidad, la aparición de una manga de langostas devastando los campos fue exigencia suficiente para que enviara un urgente telegrama. En código morse señalaba, en una redacción extravagante: "cunde la episotia que es un oprobio".
El desconcierto interpretativo provocado en las autoridades solo alcanzó luz tarde, cuando la plaga asoló también, a su paso, todo lo verde de la ciudad y sus aledaños.
En fin, el anecdotario de confusiones y malentendidos cablegráficos dominaba las comunicaciones del señor Juez de Paz.
Mayor problema aún se le suscitó cuando tuvo que anticipar un brote de fiebre amarilla, acaecido en medio de una intensa sequía en una población indígena cercana, que lo llevó a redactar el siguiente mensaje críptico de sed y enfermedad: "tragaderos yesca - indios muertos - patas amarillas - hedentina imposible de soportar".
El embrollo comunicacional de Obdulio administrando justicia llegó finalmente a su límite con un último episodio. Sucedió cuando se informó de la notificación de su primo Julián, referida a una actuación de la justicia frente a un dictamen acerca de un pleito de desalojo de una finca de su jurisdicción, como le indicaba en el cable: "Juicio desalojo finca La Horqueta concluido -familia usurpadora condenada -proceder sentencia de lanzamiento con prudencia - cúmplase".
Una semana después llegó a la gobernación la respuesta de Obdulio que concluyó con su oficio de juez y de usuario del telégrafo: "Sentencia de lanceamiento cumplida - sin Prudencio - lanzas conseguidas - usurpador lanceado - envío cuerpo para cristiana sepultura".