Por Federico Falco

Nací en un pueblo del sur de la provincia y cuando me mudé a Córdoba capital para estudiar en la universidad lo único que quería hacer era recorrer librerías de usados, ir todos los días al cine y anotarme en un taller literario.
Cada vez que pienso en qué esperaba de la gran ciudad antes de vivir en ella, aparecen esas tres cosas. Y cuando recuerdo mis primeros días en Córdoba, lo primero que viene a mi mente es una especie de empacho de películas y libros con olor a viejo, de tardes de calor encerrado leyendo, de caminatas eternas de librería en librería, la alegría de encontrarse con gente que tenía ganas de discutir sobre literatura.
En mi pueblo, el cine sólo funcionaba los fines de semana y rara vez pasaban películas interesantes. En cambio en Córdoba había funciones a toda hora, muchísima variedad, cineclubes incómodos pero entrañables, gente que al terminar la función se quedaba debatiendo en voz alta. Por primera vez vi cine de autores sobre los que había leído, o a quien había escuchado nombrar. Bergman en el cineclub El Ángel Azul, el Desierto Rojo de Antonioni, Godard. Todo de golpe, entremezclado, mal digerido y entendido a medias pero no importaba, era el feliz atracón después de años de abstinencia.
Y en las librerías, el asombro ante las joyitas baratísimas y llenas de polvo. Siempre que encontraba algún ejemplar del que yo pensaba que era imposible desprenderse, me imaginaba que el dueño anterior acababa de morir y que sus herederos habían vendido la biblioteca sin saber qué estaban haciendo. Y, si por casualidad, descubría el libro en cuestión un día en que no tenía plata en la billetera, recurría al viejo truco de cambiarlo de sección, lo escondía detrás de otros libros y corría a buscar lo necesario para comprarlo.
En la ciudad, también, había algo que en el pueblo casi no existía: gente que escribía, gente que quería convertirse en escritor. Creo que esa fue una de las principales razones por las que me anoté en un taller literario: para aprender, sí, pero también por cholulo y porque buscaba amigos "que hablaran de literatura". Me moría de ganas de conocer a la escritora que coordinaba el taller, a otros chicos como yo que también soñaban con algún día publicar un libro de cuentos, o una novela de ciencia ficción, que hablaban de autores y se recomendaban lecturas y se prestaban libros. A algunos los conocí en el taller, a otros, los encontré en bares, o en librerías, o en presentaciones de libros, o por amigos de amigos. Lo importante es que allí estaban: había más gente escribiendo.
Mudarme a la ciudad, vivir en la ciudad, en ese momento, a esa edad, fue una de las cosas que más me marcaron. Mi formación, mi educación, mi gusto se delinearon en esos años claves. Extrañaba a mi familia, a mis amigos del pueblo, sí, pero la ciudad ya me había seducido y, rápidamente, en pocos meses, me convirtió en otra persona, mucho más parecida a la que yo siempre había querido ser.