Por César Di Primio

El siguiente relato nada tiene de ficticio, pertenece al libro de actuaciones policiales del corriente año, de la comisaría séptima del barrio de Flores, Capital Federal. No es lateral explicar que el agente Maidana, redactor del presente informe, en sus horas de ocio, ejerce una mera afición por la literatura, de ahí el espíritu novelado que pudiera contener dicho expediente.
    "Siendo las 3:43 de la madrugada, el declarante, quien dice llamarse Marcos R. Savaleta, en pleno uso de sus facultades, con domicilio real en Boyacá 917, Piso 14 Dpto 'A', Capital federal, manifiesta: que horas antes, en el susodicho domicilio, soportaba el calor entre húmedas sábanas, en las que dormía profundamente Mónica, su esposa de primeras nupcias, con una sonrisa que sugería melifluos sueños. Ese mismo rasgo causaba un sinsabor en Marcos, que la miraba receloso desde su vigilia pesada. El calor hacía del departamento un pozo térmico. Marcos quemaba  el tabaco del insomnio. Abandonó el lecho con cuidado; ansiaba estar solo y no hubiera sido oportuno que Mónica despertara. Decidió abrir una botella de Malbec, tentado por una modesta esperanza: el vino aquietaría sus rencores. Ese antiguo arriero del sueño, tan querido para Marcos, desterraría los duros pensamientos. Pero el conjuro etílico falló, la magia esperada no se produjo; en cambio, la rumiación se incrementó con creciente fárrago. Razón por la cual no pudo salirse de aquel laberinto. 
     El declarante, Marcos Savaleta, prosigue su elocución y manifiesta que comenzó, sin proponérselo, a pensar en las tantas horas que le había entregado, en las tardes que ella le había arrebatado, en las tardes en que le había ennegrecido el hastío, poblándolo de inútiles consejos, delirantes y bizarros espectáculos. En tardes en que él podría simplemente haber compartido un café con un amigo. En cambio, se había quedado en casa todas esas tardes y muchas otras anteriores, y sólo a soportar sus chismes intrascendentes y sus arrebatados comentarios. Todo eso sin tener en cuenta las malas noticias que le prodigaba día a día. Pareciera que se proponía oscurecer totalmente su ya bastante aciaga visión del mundo. El calor insoportable de aquella fosa volcánica: su cocina, empujaron a Marcos al balcón. Una suave brisa acariciaba los inmunes edificios. El rodar de un taxi en la profundidad del abismo, apenas hería el silencio nocturno. Mientras balanceaba la copa procurando evadir esos mismos, profanos pensamientos que había elucubrado durante toda la semana, sentía cómo el alcohol le inyectaba resentimientos de todo tipo. Sus estómagos freudianos le devolvían radicales pulsiones y en cada momento se insinuaba a su voluntad una oscura idea...
    Contemplaba la heterogénea cantidad de luces amarillas y celestes de la ciudad, en su silencio estelar. Luego viraba su mirada hacia la habitación, a través del ventanal, veía la desnudez de Mónica entre las plegadas sábanas. 
    Nuevamente, el infame discurso interior (según su declaración) llegaría acaso, a desquiciarlo. ¿No estaba harto ya de aquel insoportable y ajeno proferir de nuevas aciagas, de ignominiosos intentos de distraerlo de su realidad para transportarlo hacia una cueva platónica de la cual era perfectamente inútil cualquier intento de evasión o escape dada su naturaleza hipnótica, dado su carácter ubicuo y absoluto? ¿Acaso no estaba hastiado ya de la innumerable cantidad de horas que había desperdiciado a su servicio (vicio) en horas que nunca recuperaría? Reconoció que estaba poseído por algo, por un impulso extraño y violento. Bebió otra copa cuando un suspiro de rencor y desazón lo invadió. Mordía cada trago. Conjeturó que las incalculables ocasiones que él había sido casi su esclavo no sirvieron más que para formarse perjuicios que irían siempre en contra suyo. Rumores incompletos, inconexos y completamente inútiles, mediocres relatos de historias triviales pertenecientes al vecindario o al país, que ella le prodigaba diariamente, intentos de seducción de la más baja estirpe, infames propuestas sediciosas bajo unas no menos indecentes y tristes promesas de felicidad barata y de comodidades burguesas. Y de pronto giraba la cabeza y allí (aún) estaba ella, aliviándose de su largo día de palabrerío, de propaganda y de advertencia. Y no podía decir que la quería porque no la había elegido, porque era su súbdito desde siempre... Pero las palabras volvían con acre irreverencia: irremediablemente comenzaría al día siguiente otra de sus interminables peroratas caóticas y protocolares que nada tenían que ver con la realidad siendo insoportablemente tediosa y gritona, como lo había sido siempre. Y luego volvía a mirarla, descansando de su fastidioso vómito diurno. Empujó el último sorbo de vino con la vista lejana, con la vista de quienes no están ya en el mundo de las hipótesis, sino en el mundo de los vívidos actos, lejos ya de la lógica y de las posibilidades, en el mundo de las acciones, en el mundo de los verdugos. Entonces, siendo aproximadamente la hora 2:13 minutos de la fecha, Marcos, con el aplomo magnánimo, se irguió, arrojó la colilla hacia el vacío, luego entró, decidido y silencioso, primero la privó absolutamente de toda clase de energías con un drástico movimiento. Luego la absolvió completamente del ámbito corpóreo y virtual en el que se encontraba. Con sus fuertes brazos la levantó, sintió que no pesaba tanto como creía. Sin  vacilación, la llevó hasta el balcón, con una rodilla se ayudó cuando el balaustre intentó ser el único obstáculo. Finalmente, sin pronunciar palabra, la condenó al vacío y a la nada. Catorce pisos quizá sintieron la ráfaga producida por aquel cuerpo ignorante de su fatal destino. Marcos contempló el fin en el centro de la calle. Finalmente, con siniestra sonrisa, se recostó en el lado izquierdo de la cama. Entonces, sintió en su espalda la fría prueba de aquella aniquilación, con desdén, arrojó por el mismo ventanal, el control remoto. A la mañana siguiente, Mónica preguntaba ingenuamente, por la tele."
                                           
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César Di Primio - Ensayista y cuentista.