Me temblaban las piernas. La orden era andá entrevistalo y sacále algo. Era un mafioso, de esos que manejan los hilos de todo y tienen cara de nada. Cuando llegué al hotel, él ya estaba sentado en la mesa esperando. En aquella época no había celulares, los reemplazaban hombres que se acercaban y le contaban cosas al oído y él les daba algunos billetes, vaya a saber para qué. ¿Qué podría sacarle a este tipo que se las sabía todas? ¿De qué me servían los expedientes leídos antes si me temblaba la lapicera cuando quería apuntar lo que decía?

Ese tipo era para mí el sinónimo de la mafia y él estaba sentado con voz pausada explicándome cómo se hacían las cosas.

Se vestía de pícaro. Así se definía. "Yo soy más pícaro que los demás y me doy cuenta de lo que otros no, pero no hago fulerías", llegó a confesarme. Me convencía, tenía razón, al fin y al cabo, los demás lo dejan hacer.

La confusión que tenía empezó a darme fuerzas, las suficientes para sacarle algo y llenar mi libreta de apuntes que luego sirvieron -no mucho- para armar un perfil de la doble personalidad de este "hombre bueno" que en algún momento del día se transformaba en "terrible delincuente". Con el tiempo aprendí que era un miembro más de la sociedad, por eso me encontré con varios personajes parecidos. Creo que todos menos caballeros y más violentos.

Sorbió su jugo de naranja y me dijo: "Pibe, sabés qué pasa, yo me levanto muy temprano, leo el diario y cuando salgo a la calle, todos están dormidos todavía. Les llevo por lo menos dos horas de ventaja".

Me reí nervioso. Ese tipo era para mí el sinónimo de la mafia y estaba sentado con voz pausada dándome consejos paternales. No sé si le entendí pero nunca me olvidé de aquella frase. La puso sobre la mesa como si fuera la receta del mejor chef del mundo. Han pasado 20 años, el hombre camina igual que antaño. A unos aún nos da miedo y a otros, abrazos... y sigue madrugando e informándose.