La muerte de un joven siempre es inesperada. Igual que en esos largometrajes con finales abiertos en los que aguardás el desenlace y de pronto aparecen los créditos. Así, sin aviso ni sinopsis, se apagó la vida de Constanza Lucía González. Tenía 14 años y un balazo en su cabeza dejó trunco su proyecto de vida. De la misma forma se le bajó el telón a los días de Iván Sénneke, en noviembre pasado. Tenía 19 años y lo mataron en un intento de quitarle la mochila.

Constanza e Iván no son los únicos jóvenes cuyas historias se acaban mucho antes de lo esperado. Cada tres días, un chico de entre 10 y 19 años fallece en Tucumán. Y en el 70% de los casos aparece la violencia. La tasa de mortalidad adolescente se incrementó un 50 % en sólo seis años.

Hasta los ?80, las enfermedades eran la principal causa de fallecimiento de jóvenes. En la actualidad predominan las causas externas: son la mayoría de los que dejan la vida en el asfalto, en accidentes de tránsito. Y también representan la franja que más derrama sangre en episodios con armas de fuego.

La agresión contra jóvenes siempre es inesperada. Nadie, a esa edad, se cree vulnerable, mucho menos mortal. Por eso no se cuidan tanto, y son los que más están expuestos a los delitos callejeros.

La inseguridad que sufren habla de un abismo en el que nadie quiere caer. Pero la grieta está ahí, abierta por la falta de planes eficaces para combatir la creciente violencia callejera y también por la escasa política para proteger a este grupo.

Un ejemplo es la noche. El riesgo se hace patente por esas horas en calles con pocos policías y con escaso -o más bien nulo- transporte público de pasajeros. La idea del Gobierno, desde hace cinco años, es cerrarlo "todo" para que los jóvenes vuelvan a sus casas y estén resguardados. Claro, siempre fue más fácil prohibir que contener y proteger. Mucho más si se trata de una generación ardiente, que se desarrolla en un contexto sin muchos límites. Y si no se puede ofrecer una vía pública segura, las autoridades actúan como si fuera preferible tener a los inocentes encerrados mientras los delincuentes están libres. Lo que los funcionarios parecen no entender es que la nocturnidad juega un papel central para los jóvenes y, por eso, ellos no se van ni se irán a dormir. Mientras tanto, seguirán saliendo a divertirse con el peligro a cuestas.

"Nos están matando a nuestros hijos, y ellos son el futuro", advirtió, hace dos meses, el padre del joven asesinado Iván Sénneke. Aseguró que la principal culpable de ese crimen era la indiferencia. No se equivocó. Con los adolescentes y el delito está sucediendo lo mismo que con los sectores de menores ingresos: se los ve como los protagonistas del problema y no como sus víctimas.

En el Gobierno pasan más horas tratando de prevenir -sin demasiado éxito- y de reprimir las acciones de los jóvenes delincuentes, pero no hay planes tendientes a proteger el segmento de la población que está sufriendo la inseguridad a una edad en la cual se encuentra más desprotegido. Pareciera imposible lograrlo. Sin embargo, algunos gobiernos están demostrando que las ciudades más seguras no son las que tienen más controles; son las que tienen más programas que incluyen a sus ciudadanos.

No todos conocíamos a Constanza y a Iván; pero su tragedia nos pertenece y nos iguala (cosa que a los tucumanos nos resulta tan difícil). Nos aterroriza la idea de ponernos sólo por segundos en la piel de esa mamá que grita "me quiero morir, me quiero ir con ella". Pensar que en nuestra provincia, que en la puerta de nuestras casas, pueden golpear y matar a nuestros hijos. Como las películas con final abierto, sus muertes siempre serán inesperadas. Y, como la vida definitivamente no es un film, los malos cada vez ganan más.