Las imágenes del lujoso crucero que encalló en costas italianas recorren el mundo por su impacto. Y también nos traen al recuerdo otra tragedia tan bien documentada como lo es la del Titanic. Pensar que pasaron 100 años y, sin embargo, como en aquella oportunidad, hoy nos podemos preguntar, escuchando a pasajeros y tripulantes, si en el Costa Concordia, después de la enorme inversión en piscinas, restaurantes y spas, habría quedado algún remanente para enviar a sus tripulaciones a formarse en centros de entrenamiento para rescates eficientes. Los expertos calculan que deberían haber demorado 20 minutos en las tareas de evacuación. Sin embargo, se emplearon más de dos horas, en aguas tranquilas y frente a la costa. La desgracia ocurrió en uno de los barcos más modernos y más lujosos. Claro, nadie consulta por la seguridad cuando se compra un pasaje en estos costosos cruceros. Al final, nos queda encomendarnos al azar o a cualquier santo.
Las incógnitas de lo que pasó en el Costa Concordia son numerosas: todo apunta a que fue un error humano, al igual que ocurrió con el Titanic. Sí hay un dato que se conoció en las últimas horas y que marca la diferencia entre una y otra tragedia: la actitud del capitán. Se supone que debe ser el último en abandonar el barco, según las diversas normas no escritas sobre la navegación que datan desde tiempos inmemoriales. Pero Francesco Schettino ni siquiera respetó aquel viejo lema que grita "mujeres y niños, primero".
La ley de los hombres del mar sostiene que la máxima autoridad de una nave no se va. Se queda con el agua hasta el cuello para mantener alta la moral de la tripulación. Tiene que dar el ejemplo. Si los timones tuvieran un grabado, este diría: "el capitán se hunde con su barco". Así lo hizo Edward John Smith, quien se fue al fondo del Atlántico el 15 de abril de 1912, dentro del RMS Titanic. Así es en los barcos. Así es en la vida. Donde las primeras que dejan la nave en problema son, por supuesto, las ratas.