Por María Eugenia Bestani

Sé que me lo contó para que yo lo olvidara. Me dijo: tendría unos once o doce años, yo era el más chico del grupo. Esa tarde, cuando abandonamos el tinglado, no pudimos mirarnos ya a los ojos; no lo hicimos por un buen tiempo. En los días siguientes nos evitábamos, buscábamos estar solos. Después, de a poco, volvimos a la calle adoquinada sin mencionar jamás lo sucedido. Algo más tenebroso que el oprobio o el miedo nos unía en un pacto de mudez: el conocimiento de esa bestia que acecha cuando la razón nos abandona.
    Comenzó así: hacíamos un picadito en la cancha que el Beto improvisaba entre los cordones, por donde sólo pasaba, a esa hora de la siesta, la bicicleta del heladero de achilata. Se nos acercó el Armenio con cara de pedir favor: que estaba desesperado, que no sabía qué hacer, que él iba a recompensarnos bien. El tipo almacenaba maíz en bolsas y a  granel en un depósito que ocupaba un tercio de la manzana. Nos habíamos acostumbrado al movimiento de carga y descarga, y a los torsos de los estibadores entre los plátanos. Traigan, nos dijo, paletas o tablas, vamos a jugar un frontón, bromeó incómodo. Lo acompañamos. Cuando abrió la puerta una oleada de olor a granos y plumas mojadas nos sacudió. A la pestilencia uno se acostumbra, nos dijo. Los ojos si que no se acomodaban a lo que veían. Con la luz, algunas se inquietaron. Cientos de palomas se habían colado por los huecos de las chapas y se arremolinaban sobre los montículos de grano anaranjado en una marejada hambrienta e insaciable. Las muy rechonchas se están llevando al buche mi capital, nos dijo. Muchachos, nos ordenó, cierro la puerta, hago un estampido con el rifle y ustedes entran a dar. Y así fue: entramos a dar. Primero, tímidamente golpeábamos los cuerpos en el aire como pelotas mojadas. Sacudones grises y certeros, cada vez con más fuerza, salpicándonos con la sangre. Las plumas húmedas se nos adherían al cuello y a los brazos. Cada vez más y más, hasta que las hacíamos explotar en el aire de un paletazo.
    Las matamos a todas.

    Cuando paramos, no nos reconocimos. Sentí un ardor en los ojos y en las manos. El Armenio, sin mirarnos a la cara, estiró un billete, vayan, tómense algo. El Beto agarró el dinero con desgano. Sé que lo hizo porque era mejor pensar que el dinero importaba. Pero el dinero ya no importaba. Nos separamos. Yo era el más chico del grupo: tendría once o doce años. Cuando salimos como una cuadrilla penosa de sobrevivientes, el sol se estaba poniendo entre los plátanos.

© LA GACETA
María Eugenia Bestani - Profesora de Literatura inglesa de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT.