Por Carmen Perilli

Por cuarenta años, dos meses y diez días Francisco y Ángel no se dirigieron la palabra. En el descampado que, poco a poco, fue ganado por construcciones de todo tipo, sus casas enfrentadas e idénticas arrinconaban oscuros rencores. Nadie ni siquiera  Dolores pudo penetrar en el secreto y conocer  el origen de ese odio. Mucho menos los hijos que se cuidaban hasta de mirar la casa del  tío misterioso. Esa historia no les pertenecía  y, sin embargo, los había marcado a fuego. El padre no hablaba de su familia, de cuando todos se largaron para este mundo y agarraron cada uno para su lado sin remordimientos.  Antonia, la enorme mujerona adusta se casó con un criollo y se instaló en las montañas de donde bajaba muy de vez en cuando con un vozarrón que inundaba la casa. Ángeles se sentía muy incómoda ante esa tía brusca y bigotuda.
Francisco había sido el primero en la ciudad de casas bajas. Cuando Ángel lleno de hijos y libros se llegó a estas tierras y resolvió que no quería saber nada del mundo, se lo tiró sobre los hombros a su sufrida mujer y a sus vástagos. Compró un terreno en el descampado y  se encerró en la casa que fue construyendo pausada y tozudamente  a leer y escribir con fervor en unos papeles que ocultó con cuidado. Mientras tanto la mujer y los hijos, en una pensión, peleaban con la plancha y el martillo para mantenerse.
Poco a poco la casa se fue llenando de ruidos de  pájaros y la huerta cobró colores y olores. Un buen día y sin que nadie supiera por qué, Francisco, hosco y silencioso, se instaló en el terreno del frente y con la misma tenacidad que su hermano plantó una casa idéntica en cuya galería colocó la misma hamaca que Ángel.  Todas las tardes sentados uno frente al otro se ignoraban  con un silencio lleno de palabras. Altos y morenos parecían dos gotas de agua, excepto porque Ángel tenía ojos azules y Francisco negros. Mientras  hijos llenaron la casa de Ángel, Francisco permaneció  en la más absoluta y hermética soledad.          
 Una mañana imprevistamente, Ángel amaneció muerto y Dolores ordenó el duelo, después de bañarlo y vestirlo. Convocó a sus hijos y, con firmeza, decidió quebrantar  la prohibición del marido. Mando a Salvador a avisar a Francisco. Con resquemor por la misión  inferior al temor que le producía la madre, el muchacho se cansó de tocar la puerta de la casa del frente. Los vecinos conmovidos por la insistencia resolvieron ayudarle a entrar a través de la  tapia. Asombrado caminó por un jardín idéntico al de su casa. Atravesó piezas donde todo estaba en el mismo lugar, casi simétricamente. Ante el silencio total entró a la habitación y no pudo contener el grito al ver a su padre muerto en la cama del tío Francisco.  Pero en vez del traje negro que le puso Dolores tenía el camisón blanco con que no despertó y los ojos abiertos estaban negros.
Esa noche los velaron juntos en el medio de la calle. Dolores resolvió que ese odio que los había unido tanto o más que el amor merecía prolongarse en la eternidad y los enterró en el cementerio recién inaugurado en dos tumbas idénticas y enfrentadas. Con el tiempo se  olvidaron cuál era cuál, así que, en los rezos, sus sombras se unieron en una sola.
        
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Carmen Perilli - Doctora en Letras y profesora de Literatura hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT.