Por Carlos Duguech

Sí, entre comillas, porque hacemos referencia a esa prenda símbolo inconfundible (cada una de ellas) de los clubes de fútbol de nuestros amores primeros.
La camiseta de River, con su banda roja en diagonal sobre fondo blanquísimo. La de Boca, la "auriazul", con esa nítida banda amarilla sobre el inmenso campo azul de toda la prenda. La de Independiente, rojo sangre. La de la "Academia", ese Racing de los incondicionales de toda la vida, con sus bandas verticales, casi color patrio de la Argentina. Y las otras que recuerdo, también recortadas en las figuras de los ídolos en esas tapitas de cartón con las que jugábamos y también intercambiábamos. Recuerdo las de San Lorenzo, Chacarita, Banfield, Ferrocarril Oeste, Lanús, Vélez,  etc. Todas diferentes, Todas "puro camisetas", limpias de toda inscripción, sin posibilidades de distraer la vista por otra cosa que no fueran sus colores y su diseño. Y el juego apasionante de los que las calzaban.
Pero vino un tiempo de negocios en el futbol. Negocios nuevos. Marketing para marcas que a fuer de famosas eran buscadas por los dirigentes de los clubes para ser exhibidas sobre el pecho o la espalda del jugador que vistiera las nuevas camisetas. Ahora "casacas", con marcas de cervezas, cigarrillos y de empresas de todo tipo, buscando aparecer en cada gol, en cada cabezazo, en cada encuentro con la pelota, en cada segundo de juego o en el banco de suplentes. Ya no la "camiseta" sino la vidriera, el estandarte, el nuevo "hombre-sandwich" esta vez corriendo tras la pelota y proclamando la mejor cerveza, los más finos cigarrillos o la mejor tarjeta de crédito. Esa nostalgia de tiempos primeros de nuestra niñez y juventud tiene arraigos en la "camiseta" que dejaba ver todo el juego, a todo el futbolista, solamente ocupado en la mejor gambeta, el más útil pase al compañero, el mejor gol para "El Gráfico" y para las fotos de los hermanos Font y de González, en la sección deportiva de La Gaceta.
Tiempos en los que el fútbol se podía presenciar en canchas de algarabías alternada entre hinchadas. Tiempos de padre e hijos sin temores en las tribunas. Tiempos sin barras bravas. Tiempos de camiseta símbolo y no de pancartas humanas distrayéndonos del juego,  desdibujando y enmarañando los diseños originales y simples de "la camiseta". Tiempos de los "libros de lectura" en las escuelas, entre otras pérdidas.
Imaginar un partido entre los oponentes emblemáticos de nuestro fútbol (Boca y River) desplazándose en el campo sus veintidós protagonistas y vistiendo las camisetas de origen, sería como darnos cuenta de cuánto hemos perdido y de cuánto más vienen ganando los protagonistas, todos ellos, y principalmente los de traje y corbata, mercaderes del fútbol y "dueños" de los clubes con esa nueva y perniciosa manera de mostrarse ante la sociedad.

© LA GACETA

Carlos Duguech - Periodista, escritor.