Tengo un hijo de siete años que se llama Juan. Es una esponjita que todo lo pregunta, todo lo procesa y todo lo absorbe. Es tan curioso como desconfiado. Tan inocente como sagaz. Funciona a tiempo completo con las antenitas paradas. Entiende mejor de lo que todos imaginamos las circunstancias que lo rodean. Como inevitable nativo digital no concibe la vida sin pantallas, pero le va tomando el gustito a los libros. Adora nadar, armar cosas con Rasti y coleccionar figuras de superhéroes. Una vez le pregunté por qué andaba tan callado y me contestó: "porque tengo las palabras cansadas".
Por mi Juan. Por los tuyos. Por la gente que amás. Por la que admirás. Por la que respetás. Por lo que imaginás cada vez que ponés la cabeza en la almohada. Ahí, cuando nadie sabe qué estás pensando. Por todo eso, ¿qué tal si hacemos que 2012 sea un poquito mejor?