El comportamiento de la economía argentina durante 2011 mantuvo la mayoría de los rasgos básicos dominantes durante la era kirchnerista. Para empezar, fue otro año de fuerte dinamismo del nivel de actividad. Las estadísticas oficiales reportan una expansión del PBI superior al 9%, pero los indicadores privados alternativos (el IGA del Estudio Ferreres y nuestro ISAP nacional; a esta altura de los acontecimientos bastante más confiables que los del Indec) dan cuenta de una expansión anual cercana al 6%.

La vigorosa expansión del nivel de actividad tuvo su correlato en la continuidad de la bonanza en el mercado laboral. La tasa de desempleo continuó cayendo (aunque a un ritmo más mesurado que en los años precedentes) hasta alcanzar un nuevo mínimo en casi dos décadas: 7,2%. El clima de virtual pleno empleo que se vive en el país probablemente haya sido el factor explicativo más determinante del masivo respaldo electoral que recibió Cristina Kirchner para conseguir su reelección.

Los precios

El comportamiento de los precios también ha sido similar al de los años precedentes. Al cierre del 2011, la inflación rondaría el 23%. Vale decir que en cuatro de los últimos cinco años, la inflación fue superior al 20% (en 2009 rondó el 15% por la fuerte presión desinflacionaria que ejerció la recesión). Los argentinos nos estamos acostumbrando nuevamente a convivir con la alta inflación.

Si el ágil crecimiento del nivel de actividad y de los precios no pueden caracterizarse como rasgos novedosos, en 2011 sí registramos un giro distintivo respecto al resto de la era kirchnerista: la reversión del saldo del mercado cambiario; en otros términos, la pérdida de la holgura externa que lubricara con tanta eficiencia la marcha de la economía local durante casi toda la última década. En efecto, en el año en curso y por primera vez desde 2002, el déficit en Cuenta Financiera superó al superávit de Cuenta Corriente, obligando al BCRA a ceder reservas para cubrir el exceso de demanda de divisas.

Apreciación del peso

La pérdida de la holgura externa está íntimamente vinculada al largo proceso de apreciación real que viene protagonizando el peso y que hoy permite hacer alusión con bastante legitimidad a la existencia de cierto retraso cambiario. La fuerte inflación en dólares de los últimos ocho años fue erosionando la competitividad de los productores locales de bienes transables, lo que derivó en la progresiva merma del superávit comercial (a pesar de la persistencia de términos de intercambio récord). Asimismo, la percepción de un dólar cada vez más barato alentó las expectativas de devaluación del público; contingencia que -en un contexto de sostenida incertidumbre- fomentó la dolarización de carteras. Cuando los dólares comerciales dejaron de ser suficientes para abastecer la fuga de capitales, el BCRA tuvo que intervenir en el mercado cambiario para cubrir la brecha, y las reservas del Central cayeron en picada: cierran el año en torno de los U$S 46.000 millones; U$S 6.000 millones por debajo del nivel en que comenzaron.

En paralelo a la evaporación de la holgura externa, 2011 también nos deparó un deterioro ulterior de la situación fiscal: el superávit primario, estabilizado en poco más de 3% del PBI hasta 2008, cayó pesadamente desde entonces, y en este año cerrará en torno a apenas 0,5% del producto (pese a que se computan como ingresos corrientes a transferencias del BCRA y la Anses, que no son tales). Con la virtual desaparición del excedente primario, poco queda entonces de los superávit gemelos, uno de los grandes activos de los primeros años de economía kirchnerista.

De todos modos, pese a la merma del superávit, el panorama fiscal sigue luciendo relativamente desahogado. El escape a esta aparente paradoja es el acelerado proceso de desendeudamiento por el que atravesó el sector público en los últimos años. En la actualidad, la deuda pública es baja (apenas 38% del PBI), barata (la carga de intereses no llega a 2% del PBI) y está mayoritariamente en manos del sector público. El fisco se ha librado de la pesada mochila del pasivo estatal y el riesgo de cesación de pagos se redujo a prácticamente cero.

Más allá del deterioro de los fundamentos macro (inflación y pérdida de las holguras fiscal y externa), 2011 terminó siendo -en el balance- otro año muy favorable para la economía argentina. El ágil crecimiento del nivel de actividad y la elevada inflación en dólares inflaron el valor (medido en la divisa americana) de los bienes y servicios producidos en el país. En 2011, el PBI medido a precios corrientes trepó a casi US$ 500.000 millones, poco menos que el doble del ingreso nacional nominado en dólares promedio de la Convertibilidad. No es extraño entonces que buena parte de los argentinos haya disfrutado de un progreso muy significativo en su capacidad de consumo.

Vulnerabilidad

En todo caso, el principal motivo de preocupación que deja 2011 es que el mencionado deterioro de los fundamentals macro nos deja vulnerables ante el deterioro del contexto externo; cambio que no es una eventualidad improbable sino una realidad que ya se hace sentir con rigor. Los términos de intercambio (el ratio entre los precios de exportaciones e importaciones) promedio de 2011 han sido los más altos de los últimos 60 años. Esta contingencia operó como un "huracán a favor" empujando a nuestra economía. Pero en los últimos meses de 2011 esta realidad tan favorable tendía a revertirse: de hecho, la soja -nuestro principal producto de exportación- perdió más de U$S 100 por tonelada en apenas tres meses.

Luego de un 2011 formidable, a la economía argentina le esperan tiempos más difíciles, por cortesía de un contexto externo más hostil y del agotamiento de la capacidad del Gobierno para ejecutar políticas contracíclicas, tras haber agotado sus municiones durante la fase de auge.